A pesar de la derrota legislativa, la batalla cultural parece ganada, en los hechos, por la ola verde. El gobierno, la iglesia y los colectivos feministas, en un debate que persiste

 

Hace dos semanas, por mayoría significativa, el Senado rechazó el proyecto de interrupción voluntaria del embarazo. No existieron, esta vez, maniobras de última hora, aunque, en algún momento de la noche, se especuló con una alternativa. Treinta y ocho de los miembros de la cámara decidieron el resultado y Gabriela Michetti celebró a micrófono abierto, quizá involuntariamente, con un “vamos todavía”.

Afuera, comenzaba un show de artificios. La pólvora pro-vida había resistido los embates de la humedad y la lluvia. Amalia Granata reía en el centro de un escenario, al tiempo que el cielo grumoso, denso, se iluminaba con explosiones. Unos muchachos corpulentos gritaron el himno argentino. Otros pronunciaron el nombre de Dios. A sabiendas o no, eran fieles a las dos articulaciones simbólicas de su campaña: patria e iglesia.

Retirados de la escena, en departamentos o en bares, simpatizantes y militantes de la causa verde tomaron cerveza y declararon la continuidad de la lucha, embriagados menos por el alcohol que por el entusiasmo comunitario, por la certeza o ilusión de estar protagonizando un momento histórico. El proyecto había sido rechazado, pero esa derrota no parecía definitiva. La Nación y otros periódicos principales del país anunciaban, a la mañana siguiente, que la despenalización del aborto podría tratarse junto con el nuevo Código Penal. Algunos creemos -o esperamos- que esa solución alternativa podría realizarse pronto, aunque alguna información lo desmiente.

El Senado ofició de manera consistente con su rol histórico, incluso más allá de su tradición local. Como cámara conservadora o cámara superior -una suerte de consejo de ancianos– prefirió el status quo por sobre el cambio. Interesa la posición prudencial de Federico Pinedo: por un lado, expresa el raro temor de que la legalización del aborto afecte la convivencia en paz de la sociedad; por otro, insiste que ese temor está fundado en una importante falta de consenso sobre el tema. A Pinedo le parece exagerado que un delito se convierta, de un día para el otro, en una prestación obligatoria del sistema de salud e invoca, como si estuviera en ciernes, el conflicto social ¿Habría aceptado, acaso, o al menos se hubiese abstenido ante un proyecto que solamente propugnara la despenalización? Suena improbable. El temperamento de Pinedo habría resistido en otros argumentos secundarios, tal vez menos elocuentes, menos laicos.

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Paradójicamente, la mayoría de los Senadores que votaron contra el proyecto son de Cambiemos. Contra la iniciativa del presidente y contra lo que el nombre de la coalición indica, los miembros de la cámara convalidaron la antigua penalización del aborto, casi derogada por la costumbre. Ahora, el gobierno y Macri tienen el desafío de fisurar la imagen conservadora que dejó la votación -desvincularse de la iglesia- y de dotar de sentido al mote Cambiemos. El presidente advirtió que el debate continuará, que apenas ha comenzado; luego dio señales de que esa continuidad era más bien relativa (estrategia usual en Macri, que, cuando comunica, apuesta a la ambigüedad para poder optar, a último momento, por lo más conveniente). Por otra parte, el festival judicial de las coimas promete una restauración moral que distrae y convoca ¿Podrá el espectáculo de los cuadernos cancelar la urgencia de los movimientos sociales feministas? La muerte de una mujer de treinta y cuatro años la semana pasada -después de haber intentado practicarse un aborto casero- tuvo difusión en las redes sociales. Al día de la fecha, sin embargo, #PatriaContratista es el trending topic de twitter y la palabra en boca de casi todos.

El orden de las cosas, no obstante, es más complejo que una lista de tendencias. El día de ayer, Clarín informó que tres iglesias de la Ciudad de Buenos Aires fueron manchadas con pintura roja. Una imagen de la virgen apareció cubierta de lo que, a primera vista, parecía sangre. Dos carteles colgados a las puertas de un templo anunciaban: “La única iglesia que ilumina es la que arde” y “Las pibas muertas no vuelven más, ustedes son responsables”. Son hechos que radicalizan la selección de un enemigo concreto. Los colectivos feministas identifican -con estas acciones y con otras más moderadas- a su adversario que, ahora, es algo menos amplio que el patriarcado en general. Acotar el espectro de oponentes es una decisión práctica: les permite crecer y ganar adherentes que, de otro modo, permanecerían en los costados de la disputa. Miles de personas ya habrían iniciado, en los últimos días, el trámite de apostasía.

En los márgenes del escándalo político, otra lucha continúa. El miércoles de la semana pasada, se informó que la ANMAT -autoridad de aplicación en materia farmacéutica- había habilitado a un laboratorio para producir misoprostol con fines gineco-obstétricos ¿Será rebelde la actitud de este organismo, que desafía la resolución del Senado? También en esta arena, el gobierno incurre en contradicciones. En los hechos, la batalla cultural parece ganada para el bando que perdió formalmente. El escenario se sigue moviendo con resultados impredecibles y la separación del Estado y la iglesia parece ser el acto que sigue. A pesar de todo, la ola verde persiste: cree -con algún fundamento- que el tiempo le dará la razón.

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