La derecha también -o sobre todo- tiene una tradición. Supongamos, por un momento, que empieza con Edmund Burke. Durante el siglo XVIII, este escritor inglés se opuso en sus Reflexiones a la Revolución Francesa. Negó la superioridad moral de la república, defendió la continuidad del estado monárquico y protestó contra los economistas y filósofos liberales que querían reconstruir la sociedad a partir del concepto -hoy tan criticado, pero entonces subversivo- de utilidad. Burke declaró la muerte de la caballerosidad y del honor para anunciar la era siguiente, la era del cálculo y la conveniencia, de la sofistería, del desorden. En él, nada era más fuerte que la voluntad de conservar. Frente al cambio, invocó la catástrofe, la pérdida de sentido, la imagen de una mancha sucia que avanzaba. Olvidó las viejas lecciones sobre lo bello y lo sublime que habrían inspirado a Kant y se ocupó de embellecer, en cambio, la sociedad estamental que entraba en crisis. Habló y dijo que la gloria de Europa se extinguía para siempre, que el sedoso cortinado de la vida se rasgaba, que un rey no sería más que un hombre y una reina, no más que una mujer, que poco y nada merecía un pueblo que había contemplado, imperturbable, la ejecución de la joven María Antonieta.

“Cuando las antiguas opiniones y reglas de la vida nos son arrebatadas, el costo es inconmensurable. Desde ese momento, ninguna brújula nos gobierna ni sabemos a qué puerto dirigirnos”.

El lamento de Burke es más que un lamento. Es una crítica a la modernidad, al deseo de lo nuevo. Burke insiste: ningún revolucionario sabe con certidumbre qué sigue a la revolución, qué viene después de la sangre y la fiesta. Cuando una sociedad prescinde de su historia, se asoma a un precipicio y, para salvarse de ese precipicio, la deuda con el pasado debe ser honrada. En materia económica, la innovación es posible solo cuando hay estabilidad política. En materia moral -se ríe Burke- no hay innovaciones: la libertad como valor metafísico, abstraído de la realidad, es cosa de charlatanes. No existe libertad sin decencia ni decencia sin jerarquías ni jerarquías sin tradición. Toda reforma, aun la más necesaria, debe hacerse despacio. Burke añadiría: solo puede hacerse despacio.

“Por nuestra denodada resistencia a la innovación, por la flemática lentitud de nuestro carácter nacional, todavía portamos la estampa de nuestros ancestros”.

La escritura de Burke expresa a la derecha, primero, como una sensibilidad, como una cuestión -casi se diría- de gusto. Luego monta un pensamiento que valida ese good taste, la nostalgia o la actitud del reaccionario. Hay quienes han visto en Burke solo un paladín del feudalismo y quienes, por el contrario, han percibido en el ejercicio literario del conservador algunos rasgos de modernidad. Leo Strauss caracteriza a Burke, por ejemplo, como un empirista. Si Hume defendía la experiencia como única fuente posible de conocimiento teórico, Burke funda en esa misma experiencia la legitimidad y el éxito de la práctica política. Así, Strauss ubica a Burke en la tradición de los prudentes, al lado de Aristóteles y Hobbes. No movamos demasiado las piezas en el tablero -parece decir este autor inglés- porque la partida puede perderse. Hay cosas que deben permanecer fijas y es preciso confiar en ellas: la religión, los escalafones sociales, la familia, la diferencia entre los sexos, el honor, la forma de gobierno. Y, sin embargo, el mundo avanzó. Los valores que Burke encomiaba fueron sustituidos por otros o modificados sustancialmente.

“No hemos perdido (según creo) la generosidad y la dignidad del siglo catorce, tampoco hemos condescendido al salvajismo. No somos los conversos de Rousseau, ni los discípulos de Voltaire; Helvetius no ha podido avanzar sobre nosotros. Los ateos no predican en nuestro país y los dementes no son nuestros legisladores”.

Entre los temores de Burke, la democratización de la política ocupaba un lugar de privilegio. Burke percibía una suerte de totalitarismo en la expansión de los derechos políticos, pensaba que esa expansión arruinaría las vidas privadas, introduciendo en ellas un elemento que les era impropio. Ahora que la política se supone patrimonio común de los ciudadanos, al menos parcialmente, ¿puede decirse que ese temor era infundado? La respuesta no es obvia. Hay información que vincula la existencia de instituciones democráticas con la felicidad o bienestar de las personas. Otros estudios echan por tierra esa correlación. Pero hay cierto encanto en el escenario feudal e idílico, en el mundo que Burke -quijotesco- procuraba proteger con sus palabras. Ese encanto es significativo, sobre todo, para el hombre contemporáneo, urbano, que nunca experimentó las fatigas de la cosecha y la soledad, las largas e interminables jornadas de trabajo, el riesgo casi permanente de muerte, las plagas, los avatares de la guerra, el prejuicio y la imposibilidad de ascenso social.

“Le aseguro que no intento ser original. Ofrezco opiniones que han sido aceptadas entre nosotros, desde hace mucho tiempo, de forma continua y general. Están tan encastradas en mi mente que soy incapaz de distinguir qué he aprendido de otros y qué ha resultado de mi propia meditación”.

Es posible desconfiar, entonces, y leer a Burke con menos caridad. El conservadurismo, dice un comentarista moderno, no es más que un movimiento: “power besieged, power protected”, poder en peligro, poder protegido. La imagen del aristócrata en su sillón, protestando contra la vulgaridad, temiendo perder sus privilegios nobiliarios, es convencional y, como toda convención, cierta en algún punto. Pero interesa en Burke algo distinto de ese lugar común. Su perfil complejo, por momentos inconsistente y contradictorio, inspira la pregunta por la naturaleza del conservador, pues ¿qué es un conservador después de todo? Una quimera, una mezcla de romanticismo y prudencia, de reformismo y autoridad. La posición del conservador es extraña, pienso: habla casi siempre de un orden que ya está perdido o que está a punto de perderse. Habla desde el pasado, pero pide una cosa bien concreta: que ese pasado no sea despreciado del todo, que el cambio no vaya demasiado lejos, que no se pierda de vista que una comunidad política es una continuidad entre muertos y vivos. Hay algo dramático en la escena donde el conservador se mueve. Un universo valioso, que costó fabricar, deviene ruinas y, entre las ruinas, el conservador clama que detengan la demolición, que admiren la belleza de los monumentos horadados, que no destruyan la materia por una ilusión.

“A partir de un lento, pero bien sostenido progreso, los efectos de cada paso son observados; el éxito o fracaso del primer paso nos informa sobre el segundo; y, paso a paso, nos conducimos con seguridad en el camino. Sabemos, así, que las partes del sistema no se romperán”.

Como un llamado de alarma, el discurso de derecha -o, mejor dicho, del conservadurismo- persiste en nuestros días. A veces con razón y a veces sin razón, nos recuerda la fragilidad del mundo, las bases precarias sobre las que fue construido. En un siglo de cambio y vértigo constantes, el conservador ya no sueña con parar el tiempo. Solo quiere ralentizarlo, encontrar un lugar seguro donde ubicarse y mirar con pausa el movimiento. Pocas veces, distraído, cree en la recuperación real y forzosa del orden perdido. La mayor parte de las veces, trata de dar una forma elegante, más o menos estética, a la época que cede en retirada, como si fuera un refugio o una casa, un hogar al que volver si todo se derrumba.

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