Ana Paolini y Juan Federico von Zeschau reflexionan sobre el peronismo a partir de la novela El parnaso argentino (2012, La Calabaza del Diablo) de Ricardo Strafacce.

 

El argumento es sencillo: Juan Marcelo López Gavérgola, un presidente peronista corrupto, decadente y vicioso de una Argentina igual de corrupta, decadente y viciosa, es secuestrado en el megaprostíbulo de diez pisos llamado “El Parnaso Argentino” que él mismo mandó a construir en plena costanera para su goce y disfrute. Quienes lo secuestran son los empleados (“putas, efebos y travestis”) del emprendimiento; es decir, los propios empleados del presidente, quienes desean utilizar al mandatario como rehén y moneda de cambio para mejorar sus salarios miserables.

Hasta acá, el primer acto de la novela podría haber sido escrito por alguien como Fernando Iglesias. Porque López Gavérgola es un peronista deshonesto, putañero y ladrón. Sin embargo, el autor, con sutileza lúdica y talento, retuerce la trama hasta convertir los blancos y negros en tonalidades opacas. Todos sus personajes (los chorros, los cínicos, los comprometidos, los heroicos, los ingenuos) juran y perjuran ser peronistas. Y, en verdad, a su manera todos lo son. Como un movimiento caleidoscópico ellos construyen, a través de las páginas de El parnaso argentino, un peronismo coral, incómodo, contradictorio, hecho de miserias, pero también de virtudes destacables y buenas intenciones. Más o menos como el peronismo de ahora.

Pero mejor, vayamos por partes.

 

¿Toda política es show?

Podríamos decir que, desde hace un tiempo, lo político adquirió la capacidad de estar en todos lados y, entonces, por definición, no estar en ninguno. Todo tópico parece poder desviarse por una canaleta de politización y devenir pronto en un show, una sobreactuación, una simplificación entre dos opciones polarizadas, y convertirse, en suma, en un negocio mediático rentable. La política dejó de tener políticos y pasó a tener actores, personajes, eslóganes y hashtags. Pero sobre todo, y más aún que en otras épocas, la política argentina tiene consumidores: un mercado de consumidores ávidos que adoptan momentáneamente una serie de ritos y creencias que no son sometidas ―porque el prime time no lo requiere― a un debate más profundo y, por ende, “más aburrido”. En la pantalla, la política se presenta como el resultado de una publicidad ideada a medida del usuario, como el producto de alguna góndola imaginaria de supermercado, y se convierte por fin en ese escenario aprovechadísimo por los Durán Barba y los Marquitos Peña.

Desde luego, tomar la política como show tiene consecuencias concretas. En el 2016, pocos se tomaban en serio la posibilidad de que Trump llegara a la Casa Blanca. En Argentina, Javier Milei, el economista mediático que parece un personaje de Cha Cha Cha, expresó hace poco su deseo de ser presidente: ¿Podrá? A su vez, Marcelo Tinelli coquetea con la posibilidad de sumarse a algún partido o armar su propio espacio por décima quinta vez desde que arrancó el siglo XXI. Por supuesto, la tradición outsider tiene sus años en la Argentina: Palito Ortega, Miguel Del Sel, Fernando Niembro, o el mismo Daniel Scioli.

Quizás lo más peculiar de El parnaso argentino es que el disparate de sus páginas funcione ―al mismo tiempo― como entretenimiento del lector y como metáfora de la realidad. En la historia, el presidente López Gavérgola, responsable de haber llevado al país hacia una crisis económica y social al mejor estilo menemista, es raptado en el Parnaso argentino. A partir de ahí, el secuestro del presidente y el descabezamiento del máximo poder institucional de la Argentina se convierte en show. Y solo en show. Porque, en el fondo, nadie desea liberar a López Gavérgola. Ni siquiera sus propios ministros, que poco y nada hacen para rescatar a su conductor. El show mediático ocupa, llena y rebalsa el vacío de poder. El silencio oficial es cubierto por los videos televisivos que muestran hasta el cansancio “las perturbadoras imágenes de los glúteos de un López Gavérgola amarrado a un camastro de mal burdel”. Hasta que, enterados del hecho a través de los medios (oh, casualidad) y frente la inacción del Estado, una facción diminuta del peronismo crítica de la línea oficial ―y de las condiciones de precariedad de los empleados del Parnaso Argentino―, conducida por el heroico imprentero Marinardi, organiza un grupo comando para intentar la liberación de Gavérgola.

 

¿El parnaso argentino en la línea de alguna tradición literaria vernácula?

Desde luego, El parnaso argentino se inscribe en la extensa tradición de literatura política de nuestro país; es decir, aquellas obras con la mirada puesta específicamente en la praxis (la militancia, las operaciones, la rosca) y sus protagonistas. Para esta tradición, los años setenta fueron, por lo general, la principal fuente de inspiración de sus mejores exponentes. No habrá más penas ni olvidos (1978) de Soriano es, entre otras cosas, la descripción de la violenta interna peronista que atravesó aquella década.

Autores contemporáneos a Soriano, como Jorge Asís, prefirieron eludir el mundo de los guerrilleros y los militantes convencidos. Los reventados (1974), narra las andanzas de un grupo de buscas que quieren salvarse vendiendo fotos de Perón que ellos creen inéditas. En Flores robadas en los jardines de Quilmes (1980), el personaje principal, Rodolfo Salim, es el perfecto contraste de la militancia comprometida: un charlatán tramposo, un cínico que sobrevive bajo la sombra del Proceso.

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Es, no obstante, de todas las obras de Asís, el cuento “Las FAC” el que linkea directamente con El parnaso argentino. Crítico y burlón del devenir del peronismo, en este relato Asís intenta poner en ridículo la mística de la resistencia y la radicalización de la “juventud maravillosa”. El protagonista del cuento, un veinteañero desfachatado y mujeriego, se integra, por invitación de un amigo, a las Fuerzas Armadas Culturales (FAC): su primera misión es secuestrar a un intrascendente miembro del “dispositivo cultural de la oligarquía”. Asís, de este modo, intenta llevar el extremismo de los setenta hasta el absurdo.

Como se lee en la contratapa, El parnaso argentino también se asemeja a La Internacional Argentina de Copi. Para ambos autores lo hilarante y lo ridículo son los ejes principales para abordar la realidad de una forma crítica. En la novela de Copi, una organización secreta de compatriotas exiliados en París monta un plan para tomar el poder en Argentina. El líder del grupo es Nicanor Sigampa, un negro campeón mundial de polo (que tuvo que abandonar ese deporte por un accidente) y uno de los empresarios más ricos de la Argentina. Alrededor suyo pululan una multitud de figuras exóticas, como Miguelito Pérez Perkins, Mafalda Malvinas o Raula Borges. Nicanor reparte cheques por millones a todos ellos, e intenta convencer a Darío Copi, un poeta menor también exiliado, para postularse como candidato a presidente. En un país donde “todas las mujeres quieren ser Evita y todos los hombres Perón” la empresa requiere de ciertas dotes actorales y discursivas.

 

La gran pregunta

Pero más allá de las etiquetas de “literatura política” o “no política”, una obsesión ―que adopta la forma de un interrogante preciso― parece atravesar a gran parte de los escritores argentinos después del 45´: ¿qué es el peronismo? (Como si definir el fenómeno con exactitud, diera, a Borges, Bioy, Cortázar y compañía, la clave para erradicarlo de las pampas…). Aunque con otro objetivo, esa misma pregunta ―retórica y solapada― es la que desliza El parnaso argentino. Y como lectores, entonces, caemos en la trampa del autor y nos preguntamos junto a él: ¿qué es el peronismo? ¿Lo que decía Perón? ¿Lo que hacía? ¿El Pueblo Peronista? ¿Montoneros, FAP, Guardia de Hierro? ¿La Resistencia? ¿La Triple A? ¿El libidinoso presidente López Gavérgola? ¿El imprentero Marinardi, convencido y abnegado? ¿Todo eso junto?

No obstante, como diría Bonasso, la literatura describe y muestra, pero nunca interpreta. La literatura no disecciona el cuerpo vivo. Las definiciones totalizadoras quedan como tarea para la academia y, en este sentido, la obra de Strafacce, aunque sin proponérselo, tiene puntos de unión con ella, sobre todo, en relación a las tensiones y disputas internas del peronismo. Alfredo Pucciarelli, por ejemplo, autor de Los años de Menem, escribe que, desde los albores del menemismo, los argentinos nos acostumbramos al fraccionamiento visible, creciente y cíclico dentro del PJ. Carlos Altamirano, en Peronismo y cultura de izquierda, argumenta que la imagen del peronismo se hizo doble a partir de 1955 con la proscripción y el exilio. Por un lado, dice, existe un “peronismo verdadero” que funciona como soporte y remite a una ausencia o a expectativas ideales ―pero que nunca tiene el poder y es inactual― y, por el otro, un “peronismo empírico”, privado de esencia, aunque no de mando.

Esta característica bipolar (o multipolar) del peronismo lo convierte casi en un sistema partidario en sí mismo y define una de sus características centrales: la contradicción. Y Strafacce se encarga de resaltar este aspecto: el peronismo es, fundamentalmente, contradictorio. Por un lado, la figura de López Gavérgola, el presidente corrupto y fiestero. Por el otro, Marinardi, el dirigente territorial sacrificado y creyente en la fe justicialista. Lo fabuloso quizás sea que, en última instancia ―nos muestra el autor―, el creyente salva al corrupto y (alerta: spoilers), con el rescate épico de Gavérgola del Parnaso Argentino, Marinadi salva también a todo el peronismo de su extinción segura. En la novela, la renovación del peronismo ―casi en términos de “expiación” cristiana del movimiento― es llevada adelante, sin querer, por un dirigente territorial que profesa el decoro: a Marinardi y su agrupación se los conoce como “La Liga de los Castos” en el peronismo porteño, porque militan de sol a sol, no piden plata al Partido ni para el colectivo y andan con los zapatos descosidos.

El peronismo que salva al peronismo es, en la obra de Strafacce, el de los pobres, los marginales, los periféricos. El autor, tal vez sin desearlo, plantea esa salida para el peronismo grotesco de su ficción. Es el “Movimiento Circunscripcional de Liberación Peronista – MCLP” (compuesto por treinta militantes y una sola unidad básica en Caballito) la agrupación que permite al peronismo sobrevivir y alzarse con la victoria electoral. Es como si, en el 2019, la CTEP de los desclasados comandada por Grabois fuera el eje conceptual y político de la renovación, en contra de la mirada pactista del establishment peronista y de cuño institucional conducido bajo el yugo pragmático de Miguel Ángel Pichetto.

 

El “montonerismo virtual”

También, acierta Strafacce, hay contradicciones dentro del MCLP que comanda Marinardi. Es la ignota interna Marinardi-Galín, en la que Galín, el N° 2 de la diminuta agrupación, corre a Marinardi sutilmente por izquierda, encarnando en sí mismo, como pose vacía, la mística revolucionaria de Montoneros. Pero, ¿de qué revolución habla Galín? De la “Revolución imaginaria”, respondería Asís. Una revolución imaginaria, agregaría Strafacce, conducida por “montoneros virtuales”. Aquellos que, al igual que Galín, antagonista del héroe Marinardi, viven la resistencia como pose y cancherean con una pertenencia fingida a una trayectoria histórica, simulando riesgos pasados que, en la actualidad, ostensiblemente no existen.

 

#Hay2019, una versión del reunionismo

Antes del triunfo de Macri, y luego de 12 años ininterrumpidos de kirchnerismo, algunos analistas mencionaban que el peronismo exhibía características propias de lo que Otto Kirchheimer denominaba catch all party o “partido atrapa todo”, un tipo de organización partidaria que “dirige su atención hacia todo el electorado”. Sabemos, por los resultados de 2015 y 2017, que esa capacidad electoral hoy está en crisis. En ese sentido, ¿se puede seguir hablando de un solo partido? ¿O debemos referirnos a varios?

Si miramos los sucesivos encuentros, reuniones, congresos partidarios y llamados a la unidad, el escenario es más cercano al de una caótica fragmentación. Desde luego, intenciones de unificar el archipiélago peronista de cara al 2019 es lo que sobran. Lo que falta son candidatos convincentes, ejes ideológicos convocantes, unidad de concepción y de acción. Por ahora, la unidad no representa más que un uso y abuso del reunionismo: Máximo se reúne con Massa, Felipe Solá con Cristina, los intendentes peronistas se juntan en Florencia Varela, etcétera.

Strafacce, conocedor del paño y de manera jocosa, menciona este enredo continuo y hasta elabora en su novela una tipología de las reuniones peronistas: las “pedidas” y las que “simplemente se concertan”. Las “pedidas” bien podrían significar un “te espero a la salida” o un “te invito a jugar a mi casa”, donde lo que allí se habla en ocasiones debe ser bajado al seno de las agrupaciones militantes, terminando en reversiones que a su vez suscitan otras reuniones y que el autor describe como una democracia anárquica. Las que “simplemente se concertan” las divide en sociales (cuando un candidato es retenido contra su voluntad en un encuentro fortuito), sindicales y políticas (reuniones entre militantes deseosos de opinar y llamar la atención). ¿El peronismo, desde 2016, habrá caído en una “etapa reunionista”, similar a la que caracteriza Strafacce?

Cambiemos, en estos últimos años, eligió el timbreo como principal estrategia militante. ¿Se podría pensar al reunionismo como la antítesis del timbreo? La primera actividad es un diálogo al interior y la segunda, por el contrario, un diálogo con el afuera. Pero ambas actividades, por sí mismas, no parecen requisito suficiente para ganar y, luego, gobernar. Monzó, un peronista dentro de Cambiemos, se hizo famoso por comparar al timbreo con el ring raje y pagó el costo de quedar temporalmente afuera del círculo rojo. El reunionismo exacerbado, por su lado, tampoco sirve. Indica, además, que quien lo practica ―en este caso, el peronismo― sigue mirándose el ombligo en un acto narcisista, en lugar de recuperar y canalizar las demandas populares. Un poco lo que hacían los peronistas de Strafacce, antes de que la ficción―tiránica y caprichosa― coloque a uno de ellos, el desconocido y audaz Marinardi, en el centro de la escena. ¿Pero sería eso posible? ¿o más bien se trata de una utopía y mito esencial del justicialismo, que lo mantiene vivo “con fe, esperanza y optimismo hacia el futuro” como decía el slogan sciolista? ¿Podría el “peronismo verdadero” que describe Carlos Altamirano llegar el poder?

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