Entre fotocopias, rumores y arrepentidos, se enrarece el escenario político. Los bandos se definen y cada quien hace su jugada. Crónica de un escándalo que sueña hacerse megacausa

 

El estreno de la película sobre Santiago Maldonado es interrumpido por el estrépito de dos golpes y un vidrio que se fractura. Un grupo de encapuchados irrumpe en la recepción del cine, golpea la puerta con las vallas, arroja piedras y garabatea en la pared la A de anarquía, rodeándola con un corazón.  La cámara de C5N acompaña imágenes confusas con una narración de escena de guerra. Se relatan bombas, en vez de golpes de piedra. La confusión o la exageración deliberada mezclan los ruidos. Los espectadores empiezan a salir, una vez que la amenaza se hace evidente y se acercan a los manifestantes, que salen corriendo. José Albistur, dueño del lugar, se detiene y responsabiliza a Patricia Bullrich por los disturbios, segundos después. Vemos cómo la cámara, junto a varios asistentes a la proyección, corre detrás de los atacantes. Sergio Berni -fiel a su propio mito- logra atrapar a uno y lo retiene. Varios de los perseguidores insisten con sacar fotos a la cara del encapuchado y averiguar quién es. Algunos sospechan, ya en ese momento, lo que después sostendrán en público; fueron los servicios, buscando amedrentar. El agarre de Berni es lo suficientemente firme como para lograr averiguarlo, pero no es eso lo que sucede. Como registro de los manifestantes queda, apenas, una foto movida. Es en ese momento que la situación se vuelve todavía más extraña.

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El teatro ND Ateneo, durante el ataque.

Un grupo de los asistentes, encabezado por Juan Grabois, pide a Berni que suelte al atacante que tiene detenido. Con lentitud, tal vez con cierta reticencia, Berni cede y los agresores escapan, en medio de la estupefacción general. Grabois evita que se los  capture. Cuando el supuesto anarquista escapa, la cámara de C5N interrumpe al dirigente social y le pregunta por qué quiso liberarlo. Grabois, nervioso e incómodo, murmura que no le gusta que le peguen a uno de a varios. La actitud es, para él, demasiado violenta, demasiado similar a la represión que aborrece. Pero el manifestante, momentáneamente inmovilizado, no parecía estar recibiendo golpes ni bordeando el linchamiento.

La sospecha ante el gesto es casi unánime. Había agresores atrapados y se los dejó ir. Las excusas que salen de la boca agitada del funcionario, el moralismo que exhibirá después en redes sociales, no logran convencer. Quienes imaginan que el sabotaje fue armado desde propio kirchnerismo, le endilgan a Grabois haberlo organizado, para crear pánico. En su torpeza, habría estado al borde de ser puesto en evidencia, necesitando intervenir a último momento. Otros mencionan un camión de la gendarmería rondando la escena. Apuntan a una amenaza poco sútil, más agresiva de lo normal, por parte de la AFI. Sospechan que Grabois puede estar más cerca del oficialismo de lo que sostiene y resucitan su larga pelea con Verbitsky, citándola como evidencia posible. En redes sociales, una imagen difusa, atribuida a la atacante capturada, se relaciona con una mujer vista hace meses, en una misma protesta, tirando piedras y usando más tarde el chaleco de la policía.

Imposible llegar a una conclusión. Otro día, la escena de dos minutos se hubiera prestado un largo escándalo, a infinitas hipótesis sobre el comportamiento del funcionario. El doble agente, el ingenuo bienhechor y el Maquiavelo fallido son personajes posibles, que desfilan en la imaginación con facilidad. La escena tiene todos los elementos necesarios para dominar los programas de noticias; tensión, violencia latente, una intriga difícil de resolver, pero fácil de orbitar.

Los otros sucesos del primero de agosto, sin embargo, convierten al altercado en una nota al pie. Horas antes de que esto pasara, La Nación revelaba una serie de ocho cuadernos manuscritos, donde, asegura el diario, se detalla minuciosamente la estructura de la corrupción kirchnerista. Desde entonces, este escándalo, más grande y más extraño, roba la atención del público, eclipsa todo otro suceso.

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La versión oficial de la historia es sencilla y novelesca. Centeno, chófer de Baratta, hombre fuerte del exministro De Vido, observa, desde el volante, la trama grande de la corrupción argentina. Ve bolsos con millones bambolearse en su asiento trasero y los transporta a distintas propiedades del poder, incluyendo la Quinta de Olivos. Accede a información privilegiada sobre el manejo de la obra pública. Por obsesión, por el deseo de extorsionar o por miedo, registra cada detalle con precisión mecánica. Tanto la mujer de Centeno como un amigo, saben que los cuadernos existen y pueden acceder a ellos. La mujer inicia una denuncia. En enero de este año, el amigo, Jorge Bacigalupo, entrega los cuadernos a La Nación. Quien los recibe y quien encabeza la investigación periodística es Diego Cabot, pero todo el diario se prepara y se arma alrededor de ella. Llevan las fotocopias de la investigación a la justicia y esperan que esta actúe, antes de publicar. A la madrugada del primero de agosto, empiezan las detenciones de los involucrados y la información finalmente se da a conocer.

Durante cerca de una semana, la página web de La Nación muestra, en su parte inmediatamente visible, sólo material relacionado. Casi como un adorno, se pueden ver presuntas fotografías de los cuadernos. Bonadio ordena la detención de varios implicados en la denuncia, incluyendo gran cantidad de empresarios y la información sale en bloque, multiplicándose con cada nuevo suceso.

El día de la primicia, parecía, a priori, complicado para el gobierno; Marcos Peña debía presentarse ante el Congreso, era necesario informar sobre una caída de la producción industrial de 8,1 mes a mes y se cumplía un año de la desaparición de Maldonado. Todo eso sucedió, pero alterado por la fuerza del nuevo acontecimiento. En vez de atravesar una pelea compleja, Peña, risueño, se dio el lujo de desafiar a sus opositores y contestó con soltura. Nada del informe al Congreso sería visto en televisión y el Jefe de Gabinete lo sabía de antemano. Las menciones a los aportantes falsificados no tuvieron casi ningún efecto.  El posible día gris se volvió un día de triunfo. Cambiemos logró olvidar, con la denuncia, todos sus problemas inmediatos.

Una acusación generalizada, casi obvia, se repite varias veces a lo largo de la semana; el poder judicial, el gobierno y parte del periodismo, operan en conjunto. Cuesta negarlo.

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El relato llano de un chófer que anota -por orden de la virgen o de algún otro dios desde la máquina– todos los pormenores de la corrupción estatal es, de antemano, difícil de creer. Sin embargo, parte de la información contenida en los apuntes de los cuadernos no puede minimizarse. Varios factores hacen difícil fijar una postura frente a la denuncia.

  • ¿Por qué y cómo guardaba un registro de esas características un hombre calificado por sus amigos como parco y poco educado? En las páginas de los cuadernos hay una precisión inusual, extraña, sobre todo en el grado de minuciosidad con la que se registran los detalles. Es difícil creer que Centeno pudiera o quisiera contar, con el Presidente Kirchner y otros funcionarios de jerarquía reunidos a unos metros de distancia, la cantidad millones que había en un bolso. Sin embargo, dice haberlo hecho más de una vez. También los vídeos que se han recuperado suenan plásticos, casi preparados para una denuncia posterior.
  • Varios personajes involucrados en la denuncia invitan la sospecha de que algo no cuadra. Hilda Horovitz, la expareja que inicia el proceso judicial, fue en otro tiempo una kirchnerista confesa. Incluso después de separarse de su marido, no delata inmediatamente el crimen. Espera. Dos meses antes de comenzar la denuncia, comienza a trabajar en Energía y Minería. Comienza la denuncia con un gesto ampuloso en internet, tratando de llamar la atención. Dice conocer los cuadernos de cerca.
  • Tanto Centeno, el chofer con vocación literaria, como su amigo Jorge Bacigalupo, son ex sargentos. El primero perteneció al ejército; el segundo, a la policía. Y el juez que encabeza la denuncia es Claudio Bonadio, un magistrado cuya animosidad con la ex presidenta es casi personal y cuya alineación con el gobierno nadie cuestiona. La forma en la cual se quedó con la causa es extraña y se lo acusa de forum shopping.
  • Los cuadernos, además, recorren un trayecto curioso. Sentado frente a Diego Cabot, Bacigalupo lo narra. Quieto, serio, cuenta su historia. Los particularmente paranoicos notan que la cámara se detiene, de casualidad, en el cocodrilo que adorna su chaleco. El exsargento dice conocer a Centeno de sus días compartidos como remiseros. La evidencia lo acompaña. Al comenzar la denuncia de su ex mujer, Centeno le había pedido que guardara los cuadernos en su casa. Accedió, aunque con reticencias. A diferencia de su amigo, Bacigalupo despreciaba, como muestran algunos de sus mensajes en redes sociales, al peronismo y temía el retorno de su ala izquierda. De acuerdo a su propio relato, se quedó con los cuadernos mientras insistía a Centeno con que testificara y presentara la evidencia. Harto de las evasivas de su amigo y guiado por el sentido del deber, se habría contactado en ese momento con Cabot, a quien conocía por la lectura de uno de sus libros políticos. Dice, todavía ahora, querer salvar a la república del robo sistemático, del abuso, de la vuelta de los ladrones. 
  • Cabot habría tenido los cuadernos originales durante un tiempo -de ahí las imágenes web- pero, ante insistencias de Centeno a su amigo, habría tenido que devolverlos a Bacigalupo. Este, a su vez y en la misma hora, se los habría entregado a su dueño original. Narra haberlos recibido en la puerta de su edificio y haberlos devuelto, con la caja abierta, a un impaciente Centeno, que esperaba ya arriba del departamento. Si bien Cabot presentó su investigación a la justicia -mucho antes de hacer pública la información-  los cuadernos originales nunca tocaron las manos de Bonadio.
  • El día en que el escándalo finalmente se revela al público, la policía detiene a Centeno. Inmediatamente, el chófer reconoce los diarios como suyos. En ese momento, la trama, ya compleja, se hace todavía más opaca. Centeno dice tener y no tener los cuadernos. Es ambiguo o directamente contradictorio. No pueden encontrarlos en su casa o en ninguna otra parte, a pesar de la velocidad con la que proceden los allanamientos. Que un arrepentido- figura jurídica en la que se acoge  el acusado, con rapidez- no colabore plenamente es extraño. También es extraña la excusa de Centeno; dice haber olvidado si destruyó o no los cuadernos. El minucioso chófer que todo lo anota no recuerda una acción fundamental, básica, que realizó hace poco. Declara, finalmente, haberlos quemado y sale de cárcel, aunque protegido -y vigilado- como testigo estrella. Los originales se habrían perdido en el humo de la parrilla de su propia casa. Le quedan, a la Justicia, fotocopias.
  • De acuerdo a las estimaciones de quienes conocen la investigación,  hay uno de los cuadernos del que ni siquiera se tienen copias. No hay ninguna información sobre él, ni se sabe por qué no apareció todavía. Sobre ese hecho particular, todavía no hay explicaciones publicas.
  • Aún con las dudas que pueda generar la historia de los cuadernos y el chófer que escribe por qué sí, parece haber, en las páginas que revisa la justicia, alguna información verdadera. La Nación y Cabot chequearon las patentes de los autos que figuran en las anotaciones, las entradas y salidas de la Quinta de Olivos y vieron, en el contraste de datos, algo legítimo. Hasta el momento, nadie contradice la aserción y la Justicia la apoya plenamente. Hay 16 detenidos y 18 ex funcionarios citados a indagatoria. Por primera vez, hay empresarios de carrera esperando en la cárcel y gira, alrededor de ellos, la figura del arrepentido. Para poder utilizarla, debe confesarse rápido, porque la información solo sirve si es información nueva. Confesar después de que lo haya hecho un cómplice puede significar ir a prisión de todas formas. Información vieja ya no sirve para ser exonerado.
  • Juan Carlos De Goycoechea, ex-CEO de Isolux, fue el primero en declarar y querer arrepentirse. Los empresarios Angelo Calcaterra, primo del presidente y Javier Sánchez Caballero, ex-CEO de Iecsa, se le sumaron hoy por la mañana.  Los relatos de los tres potenciales arrepentidos coinciden, a grandes rasgos, con los dichos de Centeno. Nuevas voces se suman, a medida que pasan las horas. Todos hablan de haber sido extorsionados por Baratta, de haber cedido. De acuerdo a Hugo Alconada Mon, los empresarios quieren presentarse como víctimas de la política, exigidos por aprietes y obligados por la fuerza a pagar coimas.  Fantasean con la posibilidad de que la investigación caiga bajo la figura de exacciones ilegales, lo que les permitiría seguir trabajando con normalidad. Aún no se sabe cuán posible es este artilugio.
  • Si hay algo real en la trama, pronto deberían empezar a verse resultados. Pocos dudan de que la corrupción kirchnerista haya existido. Lo difícil de saber es si verdaderamente se quiere avanzar sobre ella y sobre esquemas que la preceden por décadas, con todo lo que eso implicaría para la política y el empresariado relacionado a la obra pública. La misma familia Macri es parte de este último grupo.  

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Las reacciones del periodismo son diversas y tienen matices.

Desde la prensa más íntimamente cercana al oficialismo, se repite la historia de los cuadernos providenciales, preservados para el público por un supuesto trastorno obsesivo-compulsivo del chófer. Cabot mismo prefiere centrarse en los detalles de lo registrado, sin tocar demasiado el tema de dónde provienen.

Roberto Navarro, desde el Destape, muestra fastidio. Dice que todo en la denuncia es una operación. Menciona, hasta el hartazgo, las inconsistencias. Sabe, a pesar suyo, que esto desplaza la mirada del público, enviándola lejos de la investigación sobre las irregularidades en los aportes de campaña de Cambiemos. Habla, ahora, sólo a los suyos. Tanto Verbistky como Página/12 se ubican en la misma posición. El incendio de los cuadernos en la parrilla es recordado varias veces, con risa y molestia. Relacionan a la situación con el departamento de Lula y hacen énfasis en la relación de los empresarios arrepentidos con el Grupo Macri.

Frente a Fantino, Jorge Asís representa un personaje antiguo, casi de mesa de café. Sabe o aparenta saber lo que pasa detrás de escena. Habla de eso, entre entretenido y agotado. Desprecia la novedad de los cuadernos, aunque acepta como legítimo lo que denuncian. Sabe, cómo dice que saben todos los del oficio, como funcionaba la corrupción k. Ve, en la nueva jugada de Bonadío, luces de colores, formas de distraer, más exhibiciones mediáticas de una causa de corrupción que nunca va a terminar de probarse, porque nadie quiere que se pruebe. Sobre el final de la entrevista, muestra un poco más de cautela y duda. Quizás vaya el gobierno más a fondo. Más tarde su portal describirá, algo dramáticamente, la posibilidad de que la investigación vaya demasiado lejos y rompa el precario esquema de organización político-económica en el que se sostiene el país.

Reynaldo Sietecase, discutiendo con todo el mundo, trata de ofrecer un análisis balanceado de la situación. Desconfía, casi abiertamente, de la limpieza del origen de los cuadernos, pero no se atreve a minimizar su contenido. Cree que el testimonio de los primeros empresarios arrepentidos presta alguna credibilidad a la investigación. Le molesta que Calcaterra salga libre de inmediato.  Cree que la investigación puede “convertirse en una bisagra en la lucha contra la corrupción o en un nuevo brulote”.

Por último, está Pagni. En un programa de media hora, analiza la situación. Aunque defendiendo el trabajo de su diario, el periodista enumera las irregularidades aparecidas y desconfía de Centeno. Si bien no niega que los cuadernos sean del chófer, imagina que estaban destinados a alguien. Plantea la pregunta por el interlocutor de Centeno y levanta el fantasma de los servicios. Pagni se siente cómodo con el tema. Nadie especula mejor con información limitada ni se mueve mejor en un terreno a medias invisible. Admite abiertamente que el gobierno sabía de la investigación, pero cree que puede írsele de las manos y llegar incluso a hombres ligados al oficialismo. Dice que el Presidente lo permitirá. A falta de pan para la gente, en medio de desaceleración económica y un nuevo tarifazo, se necesita del circo. El gobierno ofrecerá moral, a falta de resultados económicos. Cuando se acerca el cierre de su análisis, Pagni dibuja una teoría nueva e interesante; Estados Unidos y China están en guerra comercial. A lo largo de Latinoamérica, fenómenos de corrupción han interrumpido grandes obras públicas adjudicadas a empresas chinas. Para obtener el préstamo del FMI, fue necesario el aval de los norteamericanos. La construcción de represas hidroeléctricas en Santa Cruz, fue adjudicada a China Gezhouba Group Company por intermedio de Gerardo Ferreyra, involucrado hoy en la causa. La obra, si el proceso judicial avanza, podría interrumpirse. Teniendo en cuenta el contexto, no es ridículo pensar que fuerzas e intereses internacionales intervinieron en el surgimiento de los nuevos documentos sobre la corrupción, ni es ridículo pensar que promoverán el desarrollo de la causa. 

*

Mientras la investigación avanza, Cristina Kirchner, aunque niega todo, se toma fotos con Hugo Moyano. La necesidad lima las asperezas entre ambos y un movimiento se prepara para defender a sus líderes. Cambiemos cierra filas alrededor de Bonadio. Pichetto y el Peronismo Federal vacilan entre ambos, pero pronto harán su jugada. La recesión, las denuncias cruzadas y la proximidad del año electoral exacerban las tensiones entre los distintos grupos de la política. Los bandos se definen y se preparan.

Cristina de Kirchner y Hugo Moyano volvieron a encontrarse públicamente, luego de una durísima enemistad tras la muerte de Néstor Kirchner.

En el mejor de los mundos posibles, una combinación de testimonios de empresarios  arrepentidos revela, con o contra la voluntad de cualquiera, el esquema de la corrupción estatal y permite romper con el “Club de la Obra Pública”.  Las necesidades electorales hacen que Cambiemos deje fluir el proceso y se configure, contra todo establishment, una nueva y más limpia forma de financiar la política. Se tratan incluso los problemas de base y se transforma, también, la manera de hacer negocios. 

En el peor de ellos, la operación es un largo ruido mediático, que termina, a lo sumo, con dos o tres detenciones de funcionarios, nunca concretadas del todo. Las detenciones satisfacen a parte del electorado oficialista y sirven como una operación del gobierno contra sus rivales políticos, pero no obligan a cambiar nada, ni pretenden cambiar nada. Caen las obras chinas, para alegría de algunos en alguna parte. A falta de modificaciones estructurales, el status quo se restablece, intacto, con sólo algunos nombres nuevos. Todos los que admiten haber pagado coimas vuelven a trabajar con el Estado. Los sospechados de haberlas recibido siguen siendo parte de él. 

Sólo quién conoce personalmente el funcionamiento de las cosas puede arriesgarse a decir cuál de todas las hipótesis que circulan es verdadera. Desde afuera, no hay suficiente información genuina y es casi imposible, al menos en el país, encontrar una institución cuyo tratamiento de los hechos sea confiable. Abruma la sensación de que, por arriba y por debajo de la vida cotidiana de la mayoría de la gente, se desarrolla una trama de apuestas de alto riesgo, con resultados imprevisibles. El poder pelea con el poder y se ven, de esas peleas, solo algunas imágenes residuales. 

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