Cómo ser malos (2016, Letras del Sur) compila notas críticas, ensayos y crónicas de Gonzalo Garcés. Un breve comentario

 

Cómo ser malos se publica en el año 2016 bajo el sello Letras del Sur y se presenta como libro de ensayos. Empieza, es cierto, con una serie de reflexiones, más o menos asertivas, sobre la patria imaginaria y sus varios cultores: Sarmiento, Mansilla, Borges, entre otros. Termina, sin embargo, con un epílogo confesional, en el que Garcés -ya menos crítico que cronista- descubre voluntariamente la fragilidad personal que hay detrás de su actividad polémica: un divorcio, la soledad, la comparación con otro escritor exuberante y tal vez más feliz, dos hijos, el recuerdo de un maestro fallecido, cierta nostalgia indefinida por algo que todavía no ha pasado o que, si pasó, se ha perdido para siempre. La fuerza inicial se parapeta, entonces, sobre un intimismo. No se derrumba ni flaquea, sino que se carga de sentido y de peso. El narrador, que discute y propina golpes a clásicos y contemporáneos, es un cuerpo o un mapa donde hay cicatrices de otros golpes. No es una primera persona gratuita, mantecosa y pagada de sí, como hay tantas otras en la literatura. Garcés insiste en este punto: la subjetividad literaria es, ante todas las cosas, un costo y una responsabilidad individual.

 

Por eso, Cómo ser malos puede leerse, quizá, como un esfuerzo por alcanzar cierta sinceridad en la escritura. Pero ¿qué significa, después de todo, ser honesto o ser uno mismo en una obra literaria? En los ensayos de Garcés, la respuesta es por capas.

 

En “Salinger”, “Un Buenos Aires despectivo”, “Instrucciones para criticar a Cortázar”, “La parálisis de la crítica” o “La violencia sin costo” -por ejemplo- la sinceridad se construye a partir del desprecio, del inconformismo, del entusiasmo negativo del lector. Garcés descubre el defecto y, allí donde hay defecto, escribe (en el puritanismo de Salinger, en las fantasías exageradas de los Relatos Salvajes de Szifrón, en los artificios falsamente vanguardistas o falsamente coloquiales de Cortázar, etcétera). Los textos no son provocadores en el sentido vacío de algunos gestos fáciles de provocación. El así llamado odio aparece fundado en relaciones de lectura y en la decisión de volver a contar, de narrar otra vez, los relatos odiados.

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Otras veces, en el libro, la sinceridad es defender algo en lo que se cree. En “El cuento pulenta”, Garcés dice que “una nota de literatura debería ser actual, de carácter general y movida por el odio”, pero inmediatamente pasa a elogiar a Fabián Casas y a exponer, con evidente fruición, las razones de ese elogio. “El cuento pulenta” se monta sobre “El Bosque pulenta” y lo reconstruye como un relato épico y, antes, como el relato de un gran escritor.

 

Respecto de Bolaño y Castillo, la escritura de Garcés es, directamente, apologética. En varios ensayos, estos escritores aparecen como personajes de proporciones gigantescas, atlantes sobre los que se sostiene, entero, el gran edificio de la literatura. Sin embargo, no hay adulación. Por lo menos, ya no hay motivos para adular: Castillo y Bolaño están muertos y no hay manera de que le devuelvan el favor. Garcés polemiza, pero, a la vez, reconoce sus deudas, su tradición, sus amistades, su historia personal.

 

No suelo citar a Barthes, pero puede que aquí tenga sentido. Dijo Barthes que la lectura de una lectura es una especie de doble voyeurismo, de escenario en el que un voyeur mira a otro voyeur ¿Cuál es la perversión de Garcés, sin embargo? ¿Hay perversión en sus ensayos? Soy reacio a este tipo de interpretaciones -no sé ni hago psicología- pero me inclino a decir que no. Por el contrario, más bien diría que hay alguna aspiración de limpieza, de alcanzar lo que más arriba di en llamar “sinceridad”. La prosa es clara y también pretende hacerse clara la imagen del que escribe: sus preferencias y su biografía se nos revelan poco a poco, por tramos, a medida que el libro avanza ¿Quién es este narrador? ¿Cuál es su ética y cuál la versión de sí que quiere proyectar? Dentro de la propia obra, Garcés es representado como un hombre honesto y de convicciones. Por momentos, es un luchador en una cancha embarrada, que -como se nos dice- va, envalentonado, a la batalla. Por otros, un personaje que se esfuerza por salir de la suciedad literaria y por rechazar toda práctica de pleitesía, por lograr -paradójicamente- una ascesis a partir de la lucha en el fango.

 

A pesar de su título, Cómo ser malos no enseña a ensañarse con el otro. Más bien, prueba que todavía se puede hacer algo de interés en el género del comentario crítico. Alcanza con decir alguna cosa, con pensar la literatura -en sus supuestos errores o en sus supuestos aciertos- para escribir alguna página válida. La sinceridad, por supuesto, debe ser imaginada y, después, aceptada por otros. Garcés -que cita a Walter Benjamin sin aclararlo- reitera que, en toda polémica es necesario construir esta sinceridad, este “yo” que arroja y aguanta los golpes. Tal vez tenga razón. En cualquier caso, no hay duda de que una personalidad combativa es más interesante, más genuinamente literaria, que esa otra, pasivo-agresiva y más habitual, de los interminables eventos y los interminables aplausos.

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