El discurso confuso del gobierno, una profecía de José Luis Espert y un prefacio a la escritura política de Carlos Pagni, entre otras cosas

 

Después de haber anunciado que lo peor ya pasó, unas tres o cuatro veces, el gobierno informa que lo peor está por venir. Se habla, en los medios, de un problema de comunicación. Se habla, después, de pujas en el gabinete y de incertidumbre política. El presidente asume un papel fantasmático. Aparece más bien poco y, cuando lo hace, exhala frases imprecisas, poco creíbles, repite las líneas alentadoras que le dieron el triunfo en dos elecciones. Al margen, se acepta que la situación es mala, pero se dice también que eso no importa en el largo plazo: es un mero contratiempo, una cuestión de coyuntura, algo que -en palabras del nuevo jefe del Banco Central- será olvidado muy pronto. Otra vez, el gobierno vaticina un fragilísimo futuro mejor y apela, ocasionalmente, a la herencia del kirchnerato. La inflación bajaría, según Macri, diez puntos el año que viene y se volvería a crecer, aunque se vengan, provisoriamente, algunos meses de recesión y de invierno económico. El mensaje se enrosca, cualquiera lo percibe. Igualmente, se reitera: estamos mal, estaremos mal, pero, en algún momento, estaremos bien. No se entiende, esta vez, qué resultados espera Durán Barba. Quizás, ni él mismo lo sepa del todo. Por las dudas, hace hablar al presidente en Instagram.

 

Empieza de a poco. En el 2015, José Luis Espert reaparece después de algunos años de relativa ausencia en los medios. En una conferencia del Consejo Interamericano de Comercio y Producción, a la que asisten varios funcionarios todavía no-electos de este gobierno, describe su plan económico para los sucesores del kirchnerismo: apertura de mercado, baja en los impuestos, quita de subsidios a las empresas, austeridad en el gasto, reducción de la planta de empleo público. Pero hacia el final de su discurso, que es más bien corto, Espert cita a Javier Milei. Esa cita interesa menos por su contenido técnico -es una referencia al cálculo de la economía argentina como perpetuidad- que por su carácter profético. Quién sabría entonces que ese nombre casi desconocido, anécdota perdida en medio del discurso articulado del economista más incómodo y mejor hablado de nuestro país, era la clave o causa secreta de un fenómeno futuro. El personaje Milei no tardaría en crecer, pero nadie vio el germen entonces, cuando fue palabra o mención de otro. La cita de Espert, ¿inaugura la avanzada mediática de los economistas liberales? En cualquier caso, y más allá del juego simbólico, no hay duda de que esa avanzada existe. Y su espacio de significación social y política, ante el fracaso del gradualismo, es cada vez mayor.

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Bajo el rótulo de “La Argentina posible”, el diario La Nación publica notas que elogian políticas, en su mayor parte, europeas. Reciclaje, epidemias de soledad, obesidad, tránsito automovilístico, bullying y consumo temprano de alcohol, entre otras cosas, integrarían la agenda urgente de este país imaginario, que carece de todo programa económico real y articulación institucional. A veces, pareciera que las convicciones del principal medio conservador del país se desintegran, o se suspenden, en un dulce sueño escandinavo ¿Acaso hay lectores que se sumergen en ese mismo sueño?

 

Internan a Domingo Cavallo por problemas respiratorios. El director del Instituto Modelo de Cardiología de la Ciudad de Córdoba informa que el cuadro mejora, pero que “es muy difícil retenerlo porque empieza a trabajar, a enviar sus escritos a Estados Unidos”. En este caso, no hace falta agregar casi nada. Gastado, viejo y hostigado por la opinión pública, el antiguo ministro vuelve a interesar menos como político que como personaje, como tema, incluso como fuente genuina de sorna y simpatía: uno se imagina a Cavallo luchando contra los médicos y contra el respirador, pidiendo papel para escribir sobre teoría monetaria, balbuceando frases inconexas sobre Harvard y el futuro de la región. La imaginación no es imprecisa y se compagina con otras escenas y visiones que emergen en la memoria: sus largos viajes por Europa para conseguir inversiones, las desopilantes apariciones en televisión -particularmente una, en la que llora frente a las cámaras, supuestamente recordando a su padre-, los torpes discursos en inglés, sus efusivos abrazos con Menem, la boca abierta gritando que Yabrán es un asesino. La literatura todo lo redime. Incluso, a Cavallo. Aunque Cavallo se redima prácticamente solo y sin necesidad de amanuenses.

 

De visita en la Argentina, Christine Lagarde se reúne con ministros y con el presidente. Bronceada, de cara flaca y angulosa, la representante del Fondo Monetario Internacional sonríe y asegura el éxito del plan económico del gobierno. En casi todas las fotos, el presidente aparece perplejo, pero, en sus discursos, festeja enfáticamente los auspicios de Lagarde ¿Qué dirá, sin embargo, el presidente cuando la comunidad internacional se retire y sea necesario anunciar, de una vez por todas, el ajuste que, al parecer, se sigue postergando? ¿Y qué cara, qué gesto mostrará, entonces, en las fotografías? Hay una versión firme y renovada del gobierno que se viene. Y hay otra versión, blanda y cosmética, que intentará ganar los comicios próximos, de nuevo, a fuerza de entusiasmo y ambigüedad.

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Un escritor percibe los problemas de su tiempo y construye, a partir de ellos, una fábula moral. En el lugar de la liebre, ubica al empresario capitalista, y en el lugar de la tortuga, al obrero. El relato se ordena en forma de novela y describe un triunfo previsible en la trama, aunque absurdo en los hechos. La lentitud del proletariado unido derrota a la velocidad capitalista. Todo es justicia y solidaridad en la ficción. Pero el lector no experimenta ningún aprendizaje. La ficción ha confirmado lo que ya sabe: que en el mundo hay pobreza y desigualdad. Y ha ignorado una duda: que por obra de la voluntad colectiva se pueda modificar un sistema de relaciones materiales de producción. Nada hay de nuevo ni de significativo en esto, ni siquiera cuando la historia es más pesimista y se limita a mostrar un mundo imaginario y cruel de los pobres. El lector descarta la fábula, la arrumba en algún sitio de la biblioteca o cierra la pestaña del navegador, se aburre y se va a hacer otra cosa, aun cuando coincida con el mensaje de fondo. Los mejores escritores políticos de la Argentina tienen una ética más difusa, menos obvia, que privilegia el estilo y la investigación por sobre la corrección moral. Por eso, quizá, el sucesor literario de Rodolfo Walsh sea precisamente su contracara ideológica: Carlos Pagni.

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