Rastros de Tom Wolfe y su ironía

 

En 1970, Tom Wolfe se cuela a una fiesta en la casa de los Bernstein, miembros de la élite del espectáculo newyorkino. En el lujoso departamento se reúnen los invitados de siempre. Hombres y mujeres pulcros, un poco aburridos, vestidos con ropa simple, elegante y muy cara, aguardan ansiosamente la llegada de la atracción principal. Visitarán la fiesta integrantes de las Panteras Negras, un grupo de izquierda confusamente maoísta, que aboga por la lucha armada contra el sistema gobernante de los Estados Unidos, opresor de todos sus ciudadanos negros.   

Cuando uno imagina a Wolfe durante el evento, la imagen es poco simpática. Sonriendo amablemente en un rincón, vestido con su permanente traje blanco, analiza el ambiente con minuciosidad. Escribirá, después, una burla a todo lo que ven sus ojos, sin dejar entrever a los ahí reunidos, a la gente con la que intercambia pocas y corteses palabras, ninguna de sus intenciones.

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El resultado de esa noche en silencio es Radical Chic, uno de los textos más reconocidos de lo que se llamó Nuevo Periodismo, mezcla acertada de técnicas literarias y preocupación por representar fielmente hechos reales. El resultado es, también, la parcial ruina de los Bernstein. Eso, combinado con la imagen de un Wolfe silencioso, lleno de veneno, dibujando mentalmente en un rincón de esa casa lujosa las líneas que escribiría los días siguientes, genera en alguna gente bastante antipatía. Radical chic es visto con resquemor desde la izquierda, como un intento exitoso de desacreditar causas justas, por parte de un conservador escondido debajo de un traje blanco.

La hija de los Bernstein escribe hace poco en Huffington Post, siguiendo esta línea; Wolfe es llamado peón del FBI, su artículo descartado como una afrenta hacia gente de bien.

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Radical chic agradó, probablemente, al FBI. Al momento de su publicación, la izquierda culta venía siendo desacreditada desde hace meses. Un columnista de sociedad había observado la fiesta en secreto y la había hecho pública. Los diarios la describían en lujo de detalles una y otra vez. Leonard Bernstein debió combatir las acusaciones de traidor e irresponsable enviando numerosas cartas a diarios, que no terminaban de convencer a nadie. Gente se apilaba fuera de su casa, con carteles de protesta. Algunos de esos manifestantes eran financiados por los servicios de inteligencia.

En medio de esta controversia social, aparece el artículo de Wolfe, que da a la crítica dignidad literaria. La narración, en tono mordaz y sarcástico, se extiende durante páginas. Todo lo que sucedió en la fiesta será explorado.

Antes de llegar a la velada en lo de los Berenstein, los invitados pasan horas pensando qué se van a poner. No pueden ser vistos por las Panteras como gente ampulosa o como gente desecha, afectadamente pobre, tienen que encontrar la justa medida. Cuando las Panteras hablan de sus planes radicales, el departamento se llena de excitación nerviosa, hormonal. Las Panteras son “verdaderos hombres, no como esos negros acartonados de los derechos civiles, que usan trajes viejos de tres piezas”.

Hay momentos de tensión, que no duran. Uno de los invitados se pelea con una de las Panteras Negras por el antisemitismo del grupo, que propone la eliminación de Israel. Bernstein parece relativamente incómodo, no sabe qué hacer. Por momentos, aparenta estar al borde del enojo y rechazar, junto al invitado, los pedidos de destrucción de un país hacia el que siente afinidad. Por momentos, le parece que el propio poder le impide tener una discusión seria, racional, con esa gente, que tiene una situación material mucho peor que la suya. La culpa le traba la garganta, lo hace declarar que le molesta ser tan rico. El resultado es el tratamiento involuntariamente despectivo de sus interlocutores; considera que les debe algo, que siempre debe darles la razón, aunque espera, secretamente, que nunca pongan en práctica lo que planean.  

La gente rica y bienpensante que está reunida ahí, ve lo políticamente radical como algo extraño y divertido. Ve a las Panteras Negras casi como se ve a una pantera real en una jaula. Como animal exótico, en el fondo inofensivo, pero peligroso y excitante. La fiesta de los Bernstein funciona como las reuniones posteriores a una noche en el teatro. Una ocasión más para divertirse, para mostrarse intenso. Radical chic es el espectáculo de la temporada; la fiesta de los Bernstein una de las primeras funciones.

My parents with Black Panther representative Donald Cox.

En el fondo, lo fuerte de los planes y declaraciones de las Panteras Negras, que revolucionarían la sociedad entera de implementarse, les son indiferentes a todos los invitados. Desde un departamento en Park Avenue se puede decir lo que sea, gastar palabras en el aire y sobre vasos de champán. Lo que más se desprecia es la clase media que no hace nada y la vida mediocre; la obsesión permanente es escapar de lo común. La pobreza existe sin riesgo y por eso puede decirse, con relación a ella, cualquier cosa. Por eso planes radicales sobre la acción del gobierno pueden sostenerse en una cena con gente que acaba de salir de la cárcel, entre bocados de roquefort y conversaciones amenas. Hay, en el fondo, la sensación de que se habla sobre nada, sobre juegos. Todas las medidas que la sociedad efectivamente tome no afectarán la vida de los Bernstein o las de sus amigos.

Y las Panteras, que saben todo esto, son retratados como el grupo ideal para este tipo de entretenimientos. Hablan de su desprecio por la burguesía y el hombre blanco en la casa de un hombre blanco, burgués, para recaudar las migajas de su dinero. Si bien promueven la lucha por todos los medios necesarios, todavía no han comenzado las acciones armadas que defienden, ni lo harán nunca de manera seria. Se visten de manera moderna, atractiva. Que sean acusados por el gobierno de plantar bombas, aparentemente sin motivo, da la excusa para la reunión. Hay que juntar, después de todo, fondos para una legítima defensa.

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Tom Wolfe murió hace menos de un mes. Decenas de artículos sobre Radical Chic fueron publicados desde ese día. Abundan los que critican la doble moral de las élites, basándose en el texto. Entendida sólo de esa manera, la crónica no es más que una risa inteligente.

Es, sin embargo, un poco más que eso. Ni los Bernstein ni sus amigos son descriptos por Wolfe como gente perversa o cruel. Sacan escaso rédito de sus ideas; son llevados ahí, en parte, por el desprecio abierto que les tiene la derecha norteamericana a los judíos y a cierto tipo de artistas o, a veces, por una embrionaria convicción ética. El conflicto interno en el que se hunden es el conflicto de la superficialidad. Se encuentran integrados a un grupo social y ese grupo social tiene las reglas firmes de la aristocracia. En el mundo de la apariencia pura, todo lo auténtico se vuelve pose. Cuando un pensamiento se pone de moda, se hace necesario adoptarlo, como es necesario en algún invierno puntual utilizar un modelo específico de abrigo.

Hay algo vagamente genuino en el interés social de los Bernstein y sus amigos, pero eso genuino se esfuma en la vida lujosa. Preocupaciones mundanas se funden con la necesidad de sucesos excitantes, con la resistencia frente al cambio efectivo, con el peso del estatus y con la culpa, quizás inmerecida, que trae el éxito. La mezcla es confusa e inestable. Hay que estar en la vanguardia y la vanguardia no debe tener efecto alguno sobre la propia vida. Todo se vuelve cada vez más extremo y más estéril. Nace el Radical Chic.

Detrás de la crítica a la fiesta de los Bernstein –la permanente fiesta, que ocurre todavía hoy– hay una observación sobre nuestras propias limitaciones. El lenguaje se deja usar siempre con facilidad. Pueden pedirse revoluciones y destrucción en un parpadeo, sin que pase nada. Modificar un poco la propia vida en beneficio de un otro colectivo difuso es, en cambio, siempre agresivamente difícil, demasiado costoso. Ni siquiera es evidente cómo empezar a hacerlo.

Una de las invitadas de la fiesta lo deja claro. Hablando sobre uno de los invitados dice, preocupada: “Es un hombre maravilloso, pero ¿qué pasa si algún idiota se toma en serio esa locura de salir a prender fuego edificios?”

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Los invitados a la fiesta del Radical Chic tienen, en efecto, una doble moral, pero también tienen algo peor; una moral verbal que funciona como único código de conducta. Si alguien es bueno o malo – la división es maniquea- se define por su manera de pensar, por su postura específica frente a un debate. Y su postura debe estar a la moda, usar las palabras adecuadas. Se funda así, una especie de puritanismo lingüístico, aristocrático, del ser radical.

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La moral como regla de cortesía es el peor tipo de moral posible. Reduce la acción valiosa a una serie de rituales lingüísticos , al uso de ciertas palabras, a la expresión de determinadas ideas. En este sentido, es opresiva. Cualquiera que se corra de la esfera del buen-pensar está necesariamente equivocado. La posibilidad de desacuerdo razonable queda muy reducida. Si se piensa distinto es por maldad, ignorancia o una combinación de ambas. Ser caritativo hacia ciertas acciones cuestionables o hacia la falta de acción en general, en cambio, no presenta ningún problema. Se puede ser rico y revolucionario, radical y burgués. Los adornos caros caen sobre la piel mientras se discute el último libro de Fanon y el cuerpo se hunde plácidamente en el sillón.

Todo sistema moral está siempre en riesgo de colapsar en farsa o en etiqueta. Colapsan en farsa las religiones de curas acartonados, los revolucionarios marxistas de universidad pública, todo lo que se deja llevar por la comodidad de juzgar desde la pura palabra. Cuando jugamos a las fiestas de los Bernstein y exageramos cosas que no estamos dispuestos a hacer desde la gratuidad del discurso, colapsamos todo desde el principio. Empujamos al mundo hacia una dirección desde la irresponsabilidad de lo que sale de nuestras bocas, sin creerlo.

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Las redes sociales funcionan como terreno perfecto para una moral teatral. Ahí sólo hay tiempo para el gesto afectado. Los otros aprueban, juzgan, obligan. Desde la computadora, casi abstraídos, lejos prácticamente de todo, armamos una versión colectiva y pobre de la fiesta. Todo es radical. Nos indignamos, sintiéndonos justos en esa indignación inerte y dibujamos mundos extremos con los dedos, desechamos este en un segundo, lo pisoteamos desde una cama. Y sentimos, al mismo tiempo, indiferencia.

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Wolfe apoyado contra la pared de la fiesta, dejando correr  ideas criticas en su cabeza, mofándose de todo lo que ve, puede parecer un personaje antipático. Lo es. La ironía es siempre algo parcialmente repudiable. Escribir lo que escribió Wolfe sobre la fiesta de los Bernstein y repetirlo acá es sencillo. Se ignora la historia de contribuciones sociales que los Bernstein pueden haber tenido contra el racismo, por ejemplo. Se repudia con facilidad lo imperfecto y todo lo es.

Pero la ironía de Wolfe es más que una risa fácil. La bondad probable de sus protagonistas no es descartada, sólo se pone en el mismo plano que su frivolidad. Todo eso ocurre al mismo tiempo, las personas son complejas. El componente literario de la narración permite entender el conflicto, ver lo forzado del discurso pretencioso, entender las causas del impulso por lo fingido, simpatizar con el deseo de pertenencia, identificarlo en uno. El rol de la ironía es reconocer lo falso en lo solemne; no borrarlo todo.

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