Mauricio Macri les pide a los legisladores que no sigan las locuras de Cristina Kirchner. Ella contesta que ese comentario es “típico de machirulo”. La respuesta es celebrada en redes sociales como un triunfo del feminismo. Pero, ¿cuál es, concretamente, ese triunfo?

 

Mauricio Macri graba un vídeo breve, de diez minutos, cuyo destinatario supuesto son los legisladores peronistas. Ahí, habla sobre la ley que exige retrotraer el precio de las tarifas energéticas y pide cautela. Dice que la quita de subsidios es una necesidad fiscal impostergable y agrega que el Congreso, además, no tiene facultades constitucionales para decidir sobre el presupuesto de esa manera. Sobre el final, nombra y construye a su adversaria. Finge que todos los miembros de la legislación son responsables y racionales, pero que se están dejando arrastrar por las locuras de Cristina Kirchner.

La táctica es obvia, pero efectiva. En un contexto en el que el núcleo más fuerte de sus seguidores comienza a acusarlo de tibieza, Macri confronta de manera directa. El oficialismo moviliza o intenta movilizar a sus bases. Y lo hace, además, desligando responsabilidad del grueso de los legisladores, a los que va a necesitar pronto. Todo se centra en una persona con la que, de todas maneras, tanto por razones políticas prácticas como por convicciones cruzadas, la posibilidad de pactar es nula.

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Casi inmediatamente, Cristina Kirchner responde por twitter.

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La polarización se exacerba. En el fondo, a los dos políticos les conviene. Nadie quiere cerrar “La Grieta”, nadie lo quiso nunca. Todo esto no es novedad, pero la manera en la que se da esta polarización innova y bordea el chiste.

Después del tuit, nos dice un artículo de la revista Anfibia, las redes sociales se volvieron una fiesta. El machismo fue derrumbado frente a los ojos de todos. Desde las Brujas hasta Juana de Arco, el patriarcado trató a las mujeres de locas siempre que quiso ensuciarlas y esclavizarlas. Mauricio Macri es su último ejecutor y ahora se lo denuncia.

Sólo que cualquier persona puede ver que el vídeo, en sí, no se sirve particularmente de ningún estereotipo, ni siquiera trata a la expresidenta de loca. Se habla de que su proyecto es una locura. Se puede imaginar, con facilidad, la misma frase refiriendo a Sergio Massa o Néstor Kirchner y no cambia absolutamente nada. El procedimiento funciona de manera idéntica, igual de efectivo o igual de inútil; el gobierno se califica a sí mismo de racional, de buen administrador y de estadista, como contraposición a un otro.

¿Se puede discutir esto? Sí, evidentemente. Pero la respuesta tiene que tener algo que ver con el tema en discusión, argumentar, tratar de ganar la racionalidad para el propio espacio. Se está hablando de medidas que van a afectar la vida de millones de personas. Enmarcar todo esto dentro de un ataque a la identidad, cuando es obvio que no hubo ninguno, es demostrar indiferencia o perderse en el mundo de los símbolos.

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Es cierto que se puede pensar en la larga historia de ataques a la salud mental de la expresidenta- aunque es muy cuestionable que se haya hecho esto ahora- pero la descalificación al oponente es una constante del barro de la política, incluso la acusación de irracionalidad. En Estados Unidos, se vive diagnosticando a Trump de senil. En Latinoamérica, todo personaje autoritario es inmediatamente descripto como psicópata narcisista. Hace unas semanas, Guillermo Moreno calificaba a Macri como “un bestia descerebrado” y nadie ni siquiera parpadeó. Y está bien que no hayan parpadeado. No es nuestro deber proteger los sentimientos de nuestros políticos.

Se puede argumentar, y por momentos esto parece el mensaje implícito, que la opresión histórica de la mujer por el hombre hace que a las mujeres se las tenga que tratar de manera especial, no permitiendo sobre ellas declaraciones que sobre hombres serían válidas. El argumento, además de jugar una rara ingeniería social de los insultos, pierde fuerza cuando se nota que sus consecuencias prácticas son iguales a las de las visiones del mundo que describen a la mujer como intrínsecamente más débil ¿No terminan ambos en una discriminación “positiva” de cierto tipo, en la que se hace necesario un trato especial? ¿No terminan ambos sosteniendo que el hombre tiene que aguantar sin quejarse, que es frágil si se queja?

Hay una amplía lista de descalificaciones machistas a Cristina Kirchner y a las mujeres de la política argentina. El insulto yegua, un video musical animado donde la expresidenta se excita sexualmente con su poder, una larga discusión sobre el escote de Victoria Donda en el Congreso, el comentario del Presidente sobre los piropos a los culos, son sólo algunos ejemplos. Está bien señalarlos. Decir, sin embargo, que todo gesto es machista de alguna manera, insistir con el mensaje, fabularlo cuando haga falta, es lograr que un sector de la población ignore estas instancias reales, concretas, sobre las que se puede actuar. Es evidente, o debería serlo, que criticar a una mujer o a sus ideas no es lo mismo que descalificar a una mujer por ser mujer.

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En “Típico de machirulo”, el artículo de Anfibia mencionado antes, Celeste Abrevaya y Marina Mariasch describen brevemente el término, recuerdan de manera compacta algunas acusaciones de irracionalidad a mujeres a lo largo de la historia y, sobre todo, celebran el tuit del que toman el título. No hay ningún intento de justificar el caso específico o de explicar por qué el caso específico es machista. Se menciona y se festeja como un logro, directamente. Cristina Kirchner utiliza un término del feminismo, machirulo, entonces debe dársele la razón. Se declara feminista, da poder al feminismo. Que empiece a hacerlo desde una malinterpretación deliberada, oportunista, no importa. Está, además, del lado de la política que la revista considera correcto y no hace falta examinar la posición de sus rivales desde una mirada caritativa. Eso sería ingenuo.

El fundamento de esta postura puede leerse entre líneas, sin demasiado esfuerzo. No está escondido. Las autoras califican a lo que discuten de: “Racional. La racionalidad masculina, heterosexual, patriarcal y, podríamos agregar, capitalista y occidental”. Hay una puesta en duda de la idea de racionalidad. La pretensión de libertad de discurso, de argumentación limpia, factual, es vista con sospecha. Enmascara, se puede sugerir, siempre un interés oculto.

Y hay fundamentos históricos para decir esto. Aristóteles defiende la esclavitud y la sujeción de la mujer en su Política. En su antropología, Kant establece una división jerárquica por color de piel y excluye a las mujeres, como irracionales niños de gran tamaño, del debate público.  Ambos lo hacen montados en un conocimiento “empírico”. Cientos de autores repiten el gesto. Todas las primeras declaraciones de igualdad entre los hombres refieren, en su origen, a la igualdad entre los hombres y sólo los de cierto tipo. Blancos, mayores de edad, propietarios.

Pero es también desde la racionalidad que estás ideas fueron siendo combatidas como oscurantistas, tribales. El racismo fue denunciado como mecanismo de dominación. Después de décadas de discusión y de movimientos de protesta, ninguno de sus presupuestos se mantiene como racional. Toda la ciencia que lo fundaba se reveló farsa, pero no se reveló farsa toda ciencia.

Una de las primeras argumentaciones feministas es el trabajo conjunto de Harriet Taylor y John Stuart Mill. Ambos abogaron por un discurso racional. Atacaron, en el siglo XIX, algunos presupuestos sociales como opresivos y falsos, mediante una larga discusión fundamentada. Sostuvieron que lo que se percibía como natural no lo era y que sólo mediante la razón podía probarse la falsedad de ciertos axiomas sexistas. En los dos siglos que nos separan, cientos de autores -algunos hombres, pero mayoritariamente mujeres- repiten y ahondan la critica, articulan un movimiento social.

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El proyecto moderno, ilustrado y racional parte, es cierto, de una falsedad de origen. Declara la igualdad formal entre todos, excluyendo de esa igualdad a la abrumadora mayoría de las personas. Sin embargo, se ha mostrado, a lo largo de los siglos, abierto a sucesivas aperturas expansivas. Las consecuencias lógicas de los discursos -y sobre todo de los sistemas institucionales que se levantan con ellos- no se pierden en el aire.

El estado de la apertura puede ser siempre incompleto y siempre precario. Los movimientos sociales, cuando defienden algo valioso, son necesarios, aunque sean imperfectos; los cambios no se instituyen, después de todo, en charlas de café. Por el contrario, despreciar toda discusión con el otro como a priori llena de falsedades, defender a la gente por su pertenencia a grupos o por el uso de un lenguaje que me agrada, no tiene ningún sentido. La respuesta a lo precario de la apertura no puede ser retrotraerse a una lógica anterior, cerrada.

Gran parte del feminismo actual se niega a aceptar la posibilidad de que la crítica externa sea válida. En todos los casos, criticar es ser machista, estar implícitamente dominado por el patriarcado o defender el propio privilegio. Al mismo tiempo, toda aplicación de la teoría se vuelve válida. Donde se vea machismo, habrá machismo. La posibilidad de equivocarse en eso no existe o no tiene la suficiente importancia. Conceptos como mansplaining hacen difícil negar que esta sea la lógica del movimiento. Mediante palabras de ese tipo, puede categorizarse fácilmente como sexista a todo hombre que discute con una mujer. El termino machirulo también cumple, aunque no siempre, esa función. El feminismo se concibe como en guerra contra un sistema omnicomprensivo; piensa que hay que tirar ese sistema abajo como sea, por cualquier medio y que el sistema está en todo. La posición del hombre, supuesto beneficiario permanente de esta organización social, es siempre negativa o, en el mejor de los casos, dudosa.

Así, lo que haya dicho o querido decir Macri no importa. El detalle puntual se pierde bajo el peso de la teoría.

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Hasta cierto punto, esta es la lógica de toda nuestra discusión cultural. Entre gorilas y planeros, muere cualquier debate posible. Los proyectos de país se defienden de manera escasa. Se defienden la mentira propia y la ajena, por razones programáticas. Se elige un grupo y se ataca a otro, siempre. Y sostener una postura especifica compromete a todas las ideas del grupo que la sostiene, como corporación.

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Un contexto de debate abierto tiene recursos para que las fallas en la organización de una sociedad se analicen en público, para que los problemas no se solidifiquen ni se vuelvan inamovibles. Incluso las propias ideas, si se sostienen sobre presupuestos equivocados o maliciosos, pueden ser refutadas por otro.

Una vez comprobado que el pensamiento por grupos y el combate entre ellos es parte de la sociedad en la que se vive, la solución es intentar superar esa lógica de combate. La neutralidad no es alcanzable, pero se puede intentar establecer un contexto de discusión pragmático que se le aproxime. Esto no implica abandonar o fingir abandonar posiciones personales. Implica, simplemente, rehuir el dogmatismo y la censura. La obligación ética en una discusión es escuchar al otro como individuo, ver cómo la nueva información que brinda se conjuga con las propias creencias, abrir la posibilidad de rechazarlas.

Si, en cambio, se ve a la sociedad dividida en grupos y se intenta beneficiar sólo al grupo con el que se siente afinidad, hablando e intentando legislar a su favor exclusivo incluso cuando se perjudica a otros, el sentido del dialogo se desdibuja. Como todo es una lucha de intereses irreconciliables, es necesario vencer. Solo la fuerza cuenta. Cuando se promueve esta lógica para uno, se la promueve también en los demás, que empiezan a enfrentarme como enemigo. La discusión pierde espacio. Se anula la posibilidad de cambiar el propio pensamiento, la posibilidad de percibir cuando es que se comete un error. Si todos los argumentos contrarios son vistos como peligrosos y sofísticos, no tengo ninguna capacidad de asimilarlos. Mi confianza ciega trata de imponerse a otras perspectivas ciegas, en un juego de suma cero.

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Que los políticos profesionales jueguen a esto es casi algo dado. Compiten, después de todo, en la mugre y el barro, por el beneficio personal, por la acumulación de votos. Y aun imaginándolos vagamente altruistas, es cierto que una oveja no sobreviviría entre los lobos, que deben aprenderse los términos de la lucha. Como sociedad, participar de esto de manera permanente está menos justificado y conlleva un riesgo inmenso. Abrir espacios que escapen de esa lógica es tan difícil como necesario.

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