Relaciones políticas y literarias entre Carlos Pagni, el cronista estrella de La Nación, y Nicolás Dujovne, el Ministro de Hacienda con amplios poderes.

 

A Carlos Pagni le gusta tejer sus crónicas. Cuando escribe, enreda. Nombres, hechos públicos, murmuraciones, anécdotas perdidas, oscuros rencores personales, juegos de poder e historia se condensan en los relatos que semanalmente publica en el diario La Nación. El verismo se abandona a favor del acto de narrar. Carlos Pagni elige contar la vida política en vez de explicarla. Nos muestra imágenes, pero no comenta lo que esas imágenes significan. A veces, dibuja a un Durán Barba que se ríe en una fiesta de la Fundación Pensar; o a un Aníbal Fernández joven, tratando de negociar con hombres más pesados, más duros que él, en la sede remota de algún sindicato; o, más recientemente, a un Federico Sturzenegger estropeado, sudoroso, a punto de perder su puesto. Los cuadros son vívidos, creíbles, casi parecería que se mueven. Todos juntos forman una ideología, una figuración de la Argentina como espacio de intrigas cortesanas, de bajezas, de aciertos publicitarios e ironías históricas. La Argentina de Pagni es un país sostenido en el rumor, una gran ciudad que flota sobre el humo, siempre al borde de la comedia o del colapso. Es una nación imaginaria como fue imaginaria la pampa que Sarmiento pensó en el exilio chileno -sin nunca haber visto- y que comparó con los desiertos orientales -a los que solo conocía por haber leído Las ruinas de Palmira.

Con la escritura, Pagni despliega algo más que una opinión o un tono y por eso es mejor que la mayoría de los periodistas gráficos. En una época de información, narra. Insisto en la comparación con Sarmiento. Pagni construye un mundo de personajes. Donde estuvieron el maligno Rosas y el feral Facundo, ahora están, por ejemplo, Axel Kicillof -descendiente de un rabino de Odesa- o el Presidente Macri -que, en los últimos meses, duda y se retuerce en las internas de su gobierno. La ficción no es gratuita. Por el contrario, la literatura, tanto en Sarmiento como en su sucesor, parte de ambiciones políticas y se pone a trabajar para ellas. El folklore de la SIDE y el espionaje, entre otras cosas, habilitan esta lectura: un cronista elegante urde, entre las sombras, los movimientos secretos de la real-politik.

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En el 2011 -según Horacio González-, Pagni era una espada de la nueva derecha, una revelación periodística, un rival de fuste. En el 2018, su lugar es claramente otro. En parte, porque el kirchnerismo terminó. En parte, porque la composición de los medios se ha modificado. Pero, sobre todo, porque hubo un proyecto -de Pagni, no de Cambiemos ni del PRO- que fue exitoso ¿Es casual, acaso, que Nicolás Dujovne, quien fuera antes su adlátere en el programa Odisea Argentina, sea ahora Ministro de Hacienda y con poderes ampliados? ¿Tenemos que creer que este ascenso no tiene nada que ver con el de su íntimo amigo y promotor en la pantalla de TN? Hacerse estas preguntas es, tal vez, participar del juego de intrigas que el cronista de La Nación propone.

Desde el momento cero, en la tribuna periodística, Carlos Pagni ha defendido sin muchos matices a Dujovne. En la primera nota que escribió sobre él, después de su asunción, lo describió como un hombre obsesionado con reducir el déficit fiscal y ajustar las cuentas, un sustituto ortodoxo para Prat Gay. Más tarde, y frente a la falsedad de lo que había anticipado, se resignó a incluirlo dentro del necesario gradualismo y del programa de reformas con sustentabilidad política, que apoyó más o menos de manera explícita. Frente a la crisis reciente, olvidándose de cualquier responsabilidad política de Dujovne, Pagni vapuleó a Sturzenegger, el que, no se sabe si por ineptitud o debilidad, debía ser echado o renunciar. Y cuando la urgencia financiera pareció acabada y Sturzenegger, al menos provisoriamente, permaneció ratificado en su puesto, la solución del Presidente coincidió con la que Pagni escribió. Ahora, Dujovne es la ortodoxia, el orden -todavía nunca visto, casi inventado- en el que Macri se repliega.

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Este Ministro de Hacienda, duro y firme en sus convicciones de austeridad económica, primero ortodoxo, luego gradualista por necesidad, ahora ortodoxo de nuevo, ¿existe?, ¿es más real que el protagonista del Facundo? Vacío en sus gestos, más bien blando, tímido y torpe, hasta hace poco, Dujovne apenas importaba. Desde un principio, ¿Pagni nos contó la historia correcta de una realidad y un personaje que no podíamos ver claramente? ¿O contó la historia correcta para posibilitar esta realidad en la que estamos, el ascenso de su favorito al puesto de Superministro?

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