I.– 

Los buenos e ingenuos lectores creen todavía en la existencia de la literatura (o del arte) en sí. Consideran al producto que compran –unas tres góndolas más acá del papel higiénico, unos cinco metros más allá de donde meses después cagará la vaca premiada– como si fuera una emanación pulsional de inspirados creadores, sin reconocer el entramado no siempre luminoso que sostiene ese bien de consumo: editores, diseñadores, contadores, distribuidores, libreros, vendedores, imprenteros, periodistas, cronistas, gestores culturales, publicistas, profesores, escritores a sueldo, plagiadores y el insoslayable eslabón de los críticos literarios.

El espacio central que ocupa hoy la ciencia ficción al sur del Río Bravo se dirimió tarde y mal en esas escaramuzas. Hubo idas y vueltas, consagraciones y retracciones, estallidos y glaciaciones hasta que el cruce del tercer milenio, el imperio de Internet y de las nuevas tecnologías, conminó a la mayoría a la adoración de una bestia, negada durante décadas y alabada en secreto por sus fieles sectarios. Adiós entonces al policial, al fantástico, al terror, al erotismo y al humor. O mejor, bienvenidos todos ellos a esa barroca maquinaria que funde lo bizarro y la experimentación.

La historia de la visibilización de la ciencia ficción tiene en América Latina sus peculiaridades.

El caso argentino es paradigmático. Las editoriales y las revistas especializadas –Más Allá, Minotauro, El Péndulo, Axxón– jugaron su partido. Los diarios aceptaron erráticamente articulistas de firma. Los fanzines de guerrilla fueron un gran canal contracultural. También terciaron los autores enloquecidos por el deseo de ser leídos (tan enloquecidos que muchos escribían ciencia ficción sin nombrarla.) Es que, entre apuestas y riesgos en aquella cadena no todos estaban convencidos del producto que ofrecían.

Durante los años ochenta podían encontrarse todavía entre los comentaristas expresiones como ‘literatura de segunda mano’ o ‘paraliteratura’ sin más para referirse a la ciencia ficción. Literatura clandestina, subversiva y explícitamente paraestatal, en un caso concreto.

Presentados por hábito como vanguardia, los críticos literarios y sus madrigueras –las universidades– le dieron la espalda a la ciencia ficción hasta no hace tanto tiempo. Los hitos locales en lo que respecta a las intervenciones críticas sobre el género –intervenciones ‘causa / efecto’ para los otros eslabones de la cadena– son escasos:

  • Pablo Capanna, por aquel entonces profesor de filosofía, concibe de modo independiente El sentido de la ciencia–ficción, publicado por Editorial Columba.
  • 1977–1978. Elvio E. Gandolfo escribe en Rosario “La ciencia ficción argentina”, artículo que le da marco a la compilación de relatos Los universos vislumbrados. El inicio de ese artículo es célebre: ‘La ciencia ficción argentina no existe’.
  • Ángela Dellepiane habla sobre “Narrativa argentina de ciencia ficción: Tentativas liminares y desarrollo posterior”. Esto sucede en una universidad norteamericana y su mayor apuesta es por la narrativa de Angélica Gorodischer.
  • Daniel Link compila Escalera al cielo. Utopía y ciencia ficción, y lo publica Editorial La Marca. Estamos, ahora por fin, en una universidad local.

Incompleta y arbitraria, la lista da cuenta de los embates más importantes para asimilar el género frente a los lustrosos espejos foráneos y recalibrarlo en sus variantes argentina y latinoamericana. Cada uno de esos instantes marca una eclosión y abre un camino de lectura. Capanna, por caso, no recoge en su libro el guante de la ciencia ficción argentina y latinoamericana, pero es indudable que sienta las bases para que editores, escritores, libreros piensen, clasifiquen, ordenen, entiendan mejor sus gustos.

Acerca del libro de Capanna se dice comúnmente que fue ‘el primero’, se lo alaba por ese gesto inaugural, se lo festeja y conmemora (dejando de lado su obsesión cientificista y su sospechosa ortodoxia católica). Capanna fue el primero. Alrededor un páramo.

O no tan páramo. De 1955 es el prólogo de Borges a Crónicas marcianas de Ray Bradbury, lanzado por Minotauro, en el que da un pantallazo histórico del género y de su alcance y de su nombre –aunque, Borges era aquel viejo maestro que lo sabía todo incluso escribir ciencia ficción desde los años cuarenta gambeteando etiqueta y rótulo.

Con páramo me refiero a que El sentido de la ciencia–ficción se nos aparece a quienes nos interesamos por esas antigüedades, como las columnas de Hércules, como el non plus ultra. Creemos –por convención– que mucho más que lo dicho, no hay.

 

II.–

El membrete estampado en la alocución de Dellepiane acusa ‘The City University of New York’. Corre el año 1986 y esa enunciación descentrada esboza una explicación de por qué argentinos e hispanoamericanos adoptaron un género plagado de imaginería tecno–científica que “superficialmente parece que les es ajeno”.

Las razones de Dellepiane apuntan al deseo de “…las nuevas generaciones de escritores de producir una forma literaria que ejerza directo atractivo sobre el lectorado cuyo interés ha sido probado –y entrenado– en otras formas [narrativas] de los medios de comunicación…”. El fin de esa apuesta es que el ‘lectorado’ agudice sobre todo “…su percepción de la realidad hispanoamericana y… su percepción de hasta qué punto él es manipulado por un tipo de estructura social y económica que lo nulifica en su calidad de ser humano y de ser hispanoamericano.” Esto significa que, en los países de habla hispana, la ciencia ficción fue un “…instrumento de protesta social, de crítica socio–política, de enjuiciamiento del progreso técnico aplicado… a una realidad mal preparada…” y, más aún, que la ciencia ficción atrajo al escritor local porque era un nuevo humanismo con “…‘profundas inquietudes culturales, científicas, filosóficas’… cuya función crítica está sustentada por la libertad total que la proyección al futuro brinda al escritor quien puede, así, satirizar aspectos de la sociedad que son frecuentemente tabúes en Hispanoamérica.”

Sujetos ‘nulificados’, manipulados, moldeados y entrenados como consumidores; protesta social; crítica socio–política; enjuiciamiento de aspectos sociales que por estas tierras son tabúes –es el nada complaciente picnic ideológico que dispone ese texto académico.

Es un dato conocido que durante la última dictadura cívico–militar argentina, en los años setenta, los absurdos censores pasaron por alto lo que tenían para decir la ciencia ficción y sus adeptos –libros, fanzines, revistas, encuentros– porque directamente los ignoraban y la despreciaban. (Entre 1976 y 1977, el diario La Opinión le dedicó tres suplementos especiales a la ciencia ficción. Poco tiempo después, en 1979 nace la mítica revista El Péndulo.) El género fue un paradójico espacio de libertad, de tanta libertad y tan paradójico que incluso la trama revolucionaria tachó a la ciencia ficción de escapista y extranjerizante. Pero la apuesta había existido. Cuando la investigadora se refiere a textos revulsivos, piensa, por ejemplo, en cuentos como “Todo va mejor con Coca–Cola” de Alberto Vanasco y “Marketing” de Pedro G. Orgambide, para nombrar apenas dos.

Las consecuencias de la adopción a todo vapor del género fueron de todas formas ‘más profundas’, remarca Dellepiane. La ciencia ficción posibilitó la aparición de un pensamiento, de una filosofía para el ámbito hispanoamericano. Ese camino había comenzado a desandar el mencionado Capanna, y también Eduardo Goligorsky y María Langer quienes en 1969 publicaron a cuatro manos el volumen Ciencia Ficción. Realidad y Psicoanálisis. A su vez, Langer –que era psiquiatra– había dado a conocer en 1957, Fantasías eternas a la luz del psicoanálisis, “…la primera vez que esa forma paraliteraria es analizada a la luz de una ciencia ‘seria’”.

Opiniones aparte –si el cruce marcaba o no que el género hubiera alcanzado respetabilidad– lo cierto es que la exposición de Dellepiane espanta la neblina de un episodio poco transitado en la historia del género vernáculo, y a él me quiero referir.

 

III.–

A los datos y a las precisiones acerca de la vertiente filosófica que la ciencia ficción habría permitido instalar en tierras latinoamericanas –asunto nada sencillo y mucho más extenso–, Dellepiane los recoge y aprovecha de un texto fantasmático.

En 1971 el académico argentino Raúl H. Castagnino [1914–1999] publica su libro de crítica literaria, Experimentos narrativos, bajo el sello Juan Goyanarte Editor. Su objetivo es revisar ‘la anatomía –en el sentido de Northrop Frye– del cuento y de la novela’ y ensaya esa tarea en tres partes. La última parte del volumen, citada por Dellepiane, es la que me interesa.

“‘Canción de cuna para técnicos’ y experiencias fantacientíficas” es el sonoro título con el que Castagnino agrupa los ocho capítulos de la tercera parte de Experimentos narrativos.

El primer capítulo, “Acerca de la ciencia–ficción”, apela al recuerdo: “Cuando, hace ahora una década, en un curso universitario, comencé a explicar los caracteres, rasgos distintivos, fundamentaciones y presenté ejemplos diversos de la moderna narrativa denominada ciencia–ficción, observé en el auditorio cierto asombro y desconcierto, provenientes de la justificada prevención… Se tenía [del género] la imagen distorsionada… Llamaba la atención el tratamiento crítico… desde la cátedra [y] que se dieran como verosímiles y aceptables… algunos de sus anuncios y profecías…”. Embarcado en la aventura de convencer al auditorio de la legitimidad de la ciencia ficción, Castagnino le convida pasajes de Fahrenheit 451 [1953] de Ray Bradbury, dejando al descubierto su ‘profundo humanismo’.

En ese recuerdo florece un nuevo hito. Entre fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, hubo al menos un intento sistemático –si aceptamos la autoridad de quien rememora– de introducir el estudio de la ciencia ficción en la universidad local. Hasta donde entiendo ese gesto (¿en la UBA?) fue por décadas sin descendencia.

La autoconciencia inaugural en tierras australes conduce a Castagnino a enhebrar largos párrafos para distinguir los productos narrativos deleznables de aquellos pretendidamente serios. Advierte con crispada gracia: “Todas [las clasificaciones dentro del género] se empeñan en deslindar las formas legítimas de arte y ciencia de las bastardeadas por la comercialización tendiente a servir y explotar las apetencias de masas lectoras, de limitada alfabetización, gusto poco exigente y ya enviciadas por deplorables novelas policiales y de aventuras que actuaron como narcotizantes. La ciencia–ficción a ese nivel también se ha convertido en droga…” (p. 178).

Tenemos una ciencia ficción que envuelve en sus ensueños futuristas a los adormilados por el consumo de chatarra; existe otra ciencia ficción cercana a la crítica social que alerta sobre una tecnificación extrema. Y aparece entremezclada con ésta, una vertiente destinada a satisfacer las ansiedades de los especialistas que, al no poder resolver problemas científicos reales, se contentaban con acometer ese escapismo literario. De allí el mote pueril ‘canción de cuna para técnicos’ –apodo que, en el ámbito norteamericano, recordaba que la ciencia ficción atraía a investigadores y/o científicos puestos a escribir.

Ésta es la línea que bordea Castagnino para reafirmar la respetabilidad del género. Su inspección en la anatomía del cuento y de la novela, a través de la ciencia ficción, recurre al material que esos científicos produjeron y toma así como ejemplo a Isaac Asimov [1920–1992], profesor, investigador y escritor.

 

IV.–

Earth is Room Enough [Con la tierra nos basta, 1964, Edhasa] es un volumen de cuentos publicado en 1957 por Asimov que –según indica Castagnino– destila una ‘melancolía por lo humano’, ‘una nostalgia humanista’ en el “…mundo deshumanizado que preanuncian la cibernética y la automatización.”

“El pasado muerto” –el primer cuento– es “…un llamado de atención sobre la especialización, moderno modo de ignorancias, que paradójicamente se inserta en un tiempo en el que el triunfo del relativismo descubre las insospechadas conexiones de todo lo existente… El segundo relato, ‘Derecho político’, muestra la anulación de la voluntad humana en una democracia regida por la cibernética, que se parece demasiado al más crudo dirigismo totalitario. [El tercero], ‘Satisfacción garantizada’, insinúa la entrega erótica de Clara a un robot insensible, otra posibilidad de quiebra de lo humano. [El cuarto], ‘Cómo se divertían’, imagina a los niños de una escuela en el año 2157, donde maestros y libros serán sustituidos por una pantalla y un computador.” La lista sigue, pero el invitado está ya entre nosotros.

Capanna en El sentido de la ciencia–ficción señala que, en términos generales, la obra de Asimov mixtura pinceladas de una ‘mecanocracia’ “…con lamentaciones sobre… la vida preindustrial [perdida].” La afirmación no responde exactamente al efecto buscado en el relato por el cruce entre cibernética y dirigismo totalitario –ningún personaje anhela salvajes praderas– aunque la categoría ‘mecanocracia’ permite una mejor comprensión.

El título original en inglés de “Derecho político” es ‘Franchise’ y fue también traducido, acaso con mayor justeza, como “Sufragio universal”.

Norman y Sarah viven junto a su pequeña hija Linda y a Matthew –padre de Sarah– en Bloomington, Indiana. Norman es un gris dependiente en una tienda; su esposa cuida de la casa y todavía sueña con tiempos mejores. La acción transcurre entre mediados de octubre y el martes 4 de noviembre de 2008, día de la elección presidencial.

Las cosas han cambiado. El anciano Matthew es el único testigo de un tiempo en el que cada uno creía ‘votar realmente’ colocando un papel con el nombre del candidato –oye incrédula su pequeña nieta, Linda, quien representa con naturalidad el presente signado por el poder omnímodo de Multivac, un enorme computador que desde su guarida subterránea regula la vida política: “Todos los norteamericanos están sometidos a la presión moldeadora de lo que los otros norteamericanos hacen y dicen, de las cosas que a él se le hacen y de las que él hace a los demás. Cualquier norteamericano puede ser llevado ante Multivac para determinar la tendencia de todas las mentes del país.”

En eso consiste la elección presidencial. Multivac elige un único votante luego de recibir billones de datos, somete a ese ejemplar común y silvestre de ciudadano a un interrogatorio exhaustivo y determina, a partir del pensamiento promedio obtenido, quién presidirá la nación, obviando la fatigosa encuesta individual (actividad a esa altura inverosímil incluso para una niña quien mira a su abuelo como alguien que desvaría).

El factor secreto del voto queda restringido a elegir, sin que nadie lo sepa hasta última instancia, el candidato a examinar. Un mediocre trabajador representa a millones de mediocres trabajadores y con preguntarle a uno, basta. Es una simple y obvia reducción de variables posibilitada por el cerebro electrónico capaz de procesar millones de datos.

La mitología dice que Asimov escribió ese cuento en 1955 a partir de que Univac, la primera computadora desarrollada en los Estados Unidos, predijera en 1952 el triunfo electoral de Eisenhower. Como sea, lo escribe a mitad de camino entre la aparición de la cibernética –postrimerías de la Segunda Guerra– y el inicio de Arpanet, prototipo de Internet, a fines de los años sesenta. Desde ese lejano atalaya imbuido de puro macartismo, Asimov intuye una futura mecanocracia dirigista. Y en esa previsión no estaba solo.

El teórico francés Jacques Ellul –para citar un ejemplo– advertía por la misma época en La edad de la técnica o el riesgo del siglo [1954]: “El poder político ya no es exactamente un Estado. Cada vez lo será menos… En un juego de técnicas la decisión tiene menos cabida cada día… [Hay quienes admiten] que la cibernética puede utilizarse para valorar situaciones políticas. La máquina de gobernar convertiría al Estado en un jugador que dirigiría la política como una partida de ajedrez. Si esta eventualidad apocalíptica se realiza, no sabemos las consecuencias que podría traer para el Estado, y por ello dejamos de lado esta hipótesis.”

 

V.–

Transcurrida una década desde aquel futurista 2008 –con Norman, Sarah, Linda, Matthew y Multivac– poco ganaría insistiendo en los indeseables esquejes de la primigenia cibernética      –redes sociales, robos de datos, modelización del pensamiento promedio (cristalización individual de una multivac interior)– esparcidos por el territorio político.

Uno de los pocos resquicios para sumar un comentario es subrayar la extraordinaria coincidencia cronológica entre la anécdota de “Sufragio universal” y los infatigables Nostradamus contemporáneos de la iconosfera, The Simpsons.

El relato de Asimov recrea las semanas previas a la elección presidencial ofreciéndole al lector un panorama de la vida porvenir en un poblado de Indiana. La acción principal, sin embargo, tiene como punto de partida el sábado primero de noviembre y/o el domingo dos, cuando los agentes del servicio secreto encargados de conducirlo al interrogatorio computacional, visitan a Norman, el elegido.

Exactamente al mismo tiempo –en el plano correspondiente a esta versión de la realidad– el domingo dos de noviembre de 2008, en vísperas de las elecciones presidenciales, la cadena televisiva estadounidense Fox emite “The Treehouse of Horror XIX”, capítulo número 424 de la vigésima temporada de The Simpsons.

En la secuencia inicial, un decidido Homero –tan común y silvestre como Norman– asiste a emitir su voto. El ritual en apariencia inocuo lo lanza de bruces ante una máquina con motivación propia. Homero no se amilana y opta varias veces por el candidato demócrata Obama. Pero el artefacto lo rechaza insistentemente, trasladando el voto al republicano McCain, hasta que, al ser acusada por Homero de ‘estar arreglada’, lo traga y lo escupe ensangrentado, mientras el anciano Jasper le coloca la pegatina, ‘Yo voté’.

Ese segmento audiovisual encendió un largo debate, al menos en los Estados Unidos, que de ninguna manera dejó al voto electrónico bien parado. El principal argumento es simple y asimoviano: las nuevas tecnologías cruzadas con la política quitan de ese campo minado al factor humano, produciendo una extrema desconfianza.

La diferencia entre ambos planteos es que si en los Estados Unidos de Asimov, el ‘dirigismo totalitario’ está representado por una máquina monstruosa y metafísica, en el mundo grotesco de The Simpsons el poder destructor encarna en algo así como en un cascajo tecnológico.

 

VI.–

También de 1955 es la primera novela de Philip K. Dick [1928–1982], Solar Lottery. Con una trama híbrida, entre ciencia ficción y policial negro, Lotería solar imagina un dispositivo que accionado por un evento radioactivo elige al azar, y sin posibilidad de que nadie más lo prevea, a cada nuevo presidente. Así como la contemporánea Multivac esconde su decisión en la combinatoria de millones de datos que solo sus circuitos pueden explicar, en Lotería solar la situación es llevada al extremo a desactivarse todo rastro de factor humano reduciéndolo a un acontecimiento de origen atómico.

La primera novela de Dick fue traducida mucho tiempo después al castellano.

Hacia 1971, cuando Castagnino entonaba su ‘Canción de cuna para técnicos’, la vertiente heterodoxa –hermético–gnóstica– de ciencia ficción anglosajona apenas asomaba. Este desfasaje permitiría explicar que el crítico argentino recalara en autores como Asimov, hoy en segundo plano, a la hora de ejemplificar características de la ciencia ficción.

La intervención de Castagnino, prevenciones a un lado, tiene bastante a favor. Se mueve con notoria libertad al pensar la ciencia ficción desde la filosofía, la poesía (pista a veces olvidada), el teatro, la crítica social, avanza hacia la ‘fantaciencia rusa’, indaga en las fuentes posibles (la Biblia, etc.) , da un panorama de quienes lo antecedieron en la tarea. El problema –todavía en curso– es que desecha indagar en la tradición local de ciencia ficción que para ese momento es por lo menos centenaria. Y esto sucede no porque el corpus permaneciera ‘escondido’, sino por la ausencia de perspectiva.

La primera línea de la introducción a Experimentos narrativos menciona un ensayo de los años treinta de Borges, “El arte narrativo y la magia” [Discusión], que es puerta de entrada para la anatomía que quiere requisar Castagnino y para lo que, en el proyecto del autor, a partir de la década del cuarenta sería la literatura especulativa, o mejor su heterodoxa ciencia ficción, por mucho tiempo invisible a los ojos de los críticos literarios locales.

Uno de esos artefactos especulativos atañe justamente al sufragio.

Un antecedente vernáculo de la Lotería solar de Dick –el dato le corresponde a Capanna– es “La lotería en Babilonia” [1941], famoso relato de ciencia ficción de Borges que escenifica el devenir totalitario del sorteo, mecanismo de elección considerado democrático desde el siglo V a.C. en Atenas hasta las revoluciones francesas y norteamericanas en el siglo XVIII, cuando fue instaurada la forma representativa de gobierno, de raigambre corporativa y oligárquica. Así, “La lotería en Babilonia” ataca al sistema democrático no por la reducción al absurdo de una votación (como “Sufragio universal”), sino a través del cuestionamiento del sorteo, valiosa variante organizativa que fue descartada y con ella el igualitarismo.

Los relatos de Asimov y Borges juegan en un mismo patio. El poder omnímodo e invisible responde en Babilonia a la Compañía, una corporación que orquesta la realidad por medio de una lotería con la complejidad combinatoria de una computadora. Recordemos que Borges fue para algunos un profeta que anticipó la invención de Internet, con ese relato y con su réplica invertida “La biblioteca de Babel”, como banderas ciberculturales. Por su parte, la ingente y secreta Multivac descrita por Asimov como ‘una de las maravillas del mundo’ –“…medía más de kilómetro y medio de largo, tenía una altura equivalente a tres pisos y cincuenta técnicos recorrían sin cesar los corredores interiores…”– remeda con sus circuitos el azar de la lotería (y de su espejo invertido, la babélica biblioteca cuya laberíntica configuración puede reducirse a un volumen: un único lector / un único elector).

En “Sufragio universal”, la votación es presentada como una lotería –la monetaria alegría de Sarah es testigo de esa suerte– y también como remedo de los hábitos de consumo.

Matthew, el anciano que decía haber votado realmente, recordaba que al inicio de Multivac anunciaban que la máquina reduciría el gasto en elecciones y otras corruptelas; y que, en verdad, apenas si habían barrido los guarismos debajo de la alfombra.

El cerebro electrónico suponía sin dudas la exacerbación monetaria. Esto remarca no solo que la elección del candidato haya recaído sobre un gris trabajador de alguna instancia comercial, sino además y en particular que la única pregunta, entre las realizadas por Multivac, que recordaba Norman fuera “…una incongruente bagatela: –¿Qué opina usted del precio de los huevos?” Ni incongruente, ni bagatela. Lo sabemos. Si algo analizan –en aquella ficción y en esta realidad– los cerebros cibernéticos al comando de la red informática con el fin de obtener conclusiones para las ‘infinitas próximas elecciones’, son los perfiles de millones de consumidores –por ejemplo– de libros. Porque existen todavía los lectores que creen en la existencia de la literatura.

Escrito por Roberto

F.C.

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