Los anuncios son breves y contundentes. Macri dice que pedirá fondos al FMI. Dujovne ratifica el mensaje del presidente y, poco después, emprende un viaje a Washington para iniciar las negociaciones. Nadie se esfuerza demasiado por enviar un mensaje de tranquilidad. Tal vez sea imposible darlo. La tasa de las Lebacs -a punto de vencerse- vuelve a aumentar y el Banco Central opera una misión de salvataje que pone en riesgo las reservas, cada vez más escasas. Hay quienes quieren ver, en esta crisis financiera, un plan sistemático de robo y beneficio de una clase social. Pero la escena parece, más bien, la de unos pobres actores, torpes e improvisados, que tropiezan y corren desesperados entre objetos de utilería. Ni una cosa ni la otra es del todo falsa.

Cambiemos ha financiado, con mecanismos espurios, dos años y medio de su proyecto político. Ese financiamiento se ha hecho a nuestra costa, con emisión monetaria, presión fiscal inviable e instrumentos de deuda riesgosos. La política no ha ajustado ni una décima de lo que le reclama a la sociedad y ahora ha perdido, encima, la credibilidad de los inversores que nunca llegaron. En algún punto indeterminado, el gobierno de Macri decidió que este era el camino, que construir la estructura partidaria era más importante que hacer buena política pública o que diseñar mecanismos para atraer el capital extranjero. En eso, no se diferencia de las sucesivas versiones del peronismo.

Las carreras de Maria Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta y Marcos Peña se han pagado contra poca o ninguna contraprestación y siempre bajo el riesgo de que algo explotara. Ahora, ese riesgo se ha cumplido y Cambiemos, que había apostado a la obra pública, al Fondo del Conurbano, a la magia de la inversión financiera, a seguir gastando hasta las próximas elecciones, topa con una pared. La realidad económica le impide seguir gastando y los comicios del 2019, que antes parecían tan fáciles, se dificultan. La gente advierte la falsedad de las promesas y permanece perpleja ante la falta total de información. Hasta hace veinte días todo iba sobre ruedas o eso comunicaba el gobierno. De repente, todo colapsa. Se habla de un ajuste de shock que, al principio, se decía innecesario.

Los economistas liberales -Milei y Espert- confirman, el uno con ira y el otro con una sonrisa sarcástica, el diagnóstico de desastre, y señalan que la crisis podría haberse evitado con una política fiscal seria, aplicada desde el día uno. Desde las antípodas, Claudio Lozano traza un diagnóstico parecido, aunque le endilga la culpa a la falta de un plan de desarrollo. Izquierda y derecha liberal, curiosamente, coinciden en un punto. Ambas pintan al gobierno como un grupo que eligió, de forma deliberada, privilegiar sus intereses por sobre los de los demás. Y aciertan.

Cambiemos prefirió consolidarse electoralmente con gasto record y, sin embargo, su supervivencia es ahora más frágil que nunca. A la oposición que grita y reclama irresponsablemente un congelamiento de tarifas, el gobierno ya no puede contestar con los mitos de la seguridad jurídica o la previsibilidad, ni siquiera con la queja por conducta demagógica. No haber llevado adelante una política consistente ni haber desarrollado un discurso creíble tiene consecuencias. Imposible saber, en este momento, su medida. Por lo pronto, sabemos que la deuda externa va a engrosarse. El destino práctico de esa deuda y su aplicación permanecen desconocidos.

Esta vez, los slogans y consejos de Durán Barba no servirán de nada. Tampoco las denuncias de Elisa Carrió ni los exabruptos de Fernando Iglesias. No servirán el color amarillo, ni el bailecito, ni la crítica a los plateístas, ni Jorge Lanata hablando de la corrupción K, ni las últimas noticias sobre el Fiscal Nisman. El gobierno, por primera vez, se enfrenta al espejo. Y ese espejo es la realidad que le devuelve su imagen gastada. En algunos días, veremos si esa imagen se empobrece o se recupera. O si alguien, empieza a golpear, poco a poco, la superficie que hay detrás del cristal.

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