En 1960, un economista liberal confronta las economías de bienestar. Escribe un paper que deviene famoso. Con el tiempo, la idea central de ese paper se vuelve material de las cátedras de economía y pierde, en el camino, su justificación política. El teorema, fuera de su contexto histórico, es apenas una equivalencia sobre costos de transacción. Cuando estos costos son bajos o inexistentes, las partes pueden negociar, siempre, una solución eficiente, con independencia de la asignación estatal de derechos. Así planteada, la tesis de The Problem of Social Cost de Ronald Coase es apenas una fórmula matemática, una herramienta técnica para entendidos. Pero tal cosa no es cierta ni le hace justicia a la calidad de su trabajo. Coase hace un esfuerzo significativo para demostrar que hay dos maneras de discutir política: una, a través de mundos ideales, de utopías que se enfrentan entre sí; otra, en nuestro mundo, con las herramientas disponibles para mejorarlo.

Como no podemos saber, realmente, qué utopía es mejor entre las utopías –puesto que es posible, según Coase, imaginar múltiples sociedades perfectas: del laissez-faire, de la igualdad, del corporativismo, de la aristocracia, de la democracia directa, de la vida primitiva, de las máquinas– ni podemos saber, tampoco, cómo alcanzar ninguno de estos mundos ideales, corresponde ser, ante todo, humilde y preferir, al menos cuando se debate política pública, la segunda forma de discusión. Para definir si un impuesto es adecuado, si una regulación civil sobre uniones convivenciales es adecuada, si la expropiación de una empresa extranjera es conveniente más allá de una narrativa nacionalista, hay que observar –dice Coase– las consecuencias de corto y largo plazo de la regulación, el impacto real de esa regulación en la vida ética de la comunidad y de sus integrantes individuales.

Es posible, también, no lo niego, protestar de manera abstracta contra las injusticias del sistema sin referir ni tratar ninguna de esas injusticias en particular. Pero eso es, a menudo, socialmente irresponsable o técnicamente incompetente. Nadie debería diseñar una política pública, que tiene efectos reales en la realidad, como si fuera parte de un universo imaginario. Nadie debería reclamar, tampoco, políticas públicas perfectas, sin costos, sin transferencias de bienes entre unos y otros. Si hubiera una ley para la felicidad, ya la habríamos sancionado. Nuestra concepción del mundo es, sin embargo, limitada. E igual de limitados son nuestros recursos. El arte de la política es siempre un arte de lo posible. Lo demás –como dijo Verlaine– es literatura.

One comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s