I. La discusión es ardua. No dispuesto a hacer ninguna concesión, mi mentor refuta cada uno de los argumentos que voy ofreciendo. Hugo Seleme –filósofo y abogado– rechaza que una obra literaria sea un aparato contradictorio, de varios sentidos, todos igualmente ciertos, valiosos y necesarios. Hablo de Adorno, poco y mal, de la espiritualidad de la obra de arte, de la dialéctica interior a cada texto, de su justificación en el mundo como un mundo otro, en definitiva, de la literatura como órgano productor de verdades mediadas. Es inútil. Hugo Seleme me dice, paternalmente, que argüir así es admitirse escéptico, que la literatura es una práctica social y que, como tal, debemos saber, en principio, en qué consiste, para poder discutir. Decir que todo puede ser literatura o que la literatura puede tener cualquier sentido –insiste Hugo– es negarse la posibilidad de tener un debate serio acerca de la literatura. Es más: esa discusión, para tener algún valor, tiene que darse como polémica, es decir, como a la saga de una respuesta correcta, de un único sentido de lo literario.

Más o menos ahí, el coloquio se termina. Estamos cansados y, aunque creo que tengo razón –en parte porque escribo, en parte porque a Hugo no le interesa demasiado la literatura– me faltan palabras y argumentos: reconozco la derrota que, con mi mentor, ya es habitual. Vamos a tomarnos un café y más tarde cenamos hasta que se hace la hora de ir a la terminal de Córdoba y volver, después, en micro, a Buenos Aires. El viaje es bastante incómodo y, cuando llego al departamento, me desplomo como si no hubiera dormido las diez horas de tránsito. Por algunos días, la voz de Hugo resuena hasta que recupero el ritmo normal de mi ciudad.

 

II. Ahora reconozco, sin embargo, la razón de Hugo Seleme. La literatura es una práctica y, por lo tanto, un área de disputa. Por ahora, en esa área, han vencido los que afirman, con algo de hipocresía y no sé si algo de desvergüenza, que toda obra es válida y que toda obra es, a la vez, valiosa en algún grado; que toda interpretación es válida y que toda interpretación es, a la vez, valiosa en algún grado. Pero esa tesis, esa ideología más bien, es frágil. Cuando alguien sale a cuestionarla, deviene autoritario y enemigo –lo que prueba que hay discursos que, contra lo que se sostiene, no son aceptados.

Estoy convencido de que la libertad para opinar e interpretar es, en sí misma, algo valioso. Pero solo si esa libertad incluye, además, la libertad de polemizar, de persuadir, de discutir otras posiciones, de intentar con el discurso una verdad y de intentar, en el otro, un convencimiento. Es posible ser adorniano, y creer que una obra de arte es un aparato de verdades mediadas, siempre y cuando esa creencia se defienda como lectura verdadera, como algo real en lo que se cree. De otro modo, la teoría resultaría mera cháchara, un conjunto de palabras que se dicen o se murmuran sin generar ningún compromiso en el orador y sin ningún efecto significativo en el mundo.

 

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Hugo Seleme es filósofo político, abogado y diplomado en comercio internacional. Actualmente, es investigador del CONICET y director del Programa de Ética y Teoría Política de la Universidad de Córdoba, donde además se desempeña como profesor. En redes sociales, es conocido por sus críticas persistentes al macrismo.

 

III. Me animo a decir que la obra literaria es forzosamente una cosa, no es mucha ni varias, sino una sola. Esta idea es vieja y es, en parte, de Heidegger y, en parte, de algunas vanguardias plásticas de los 50’: la obra de arte es, por naturaleza, idéntica a sí misma. Que no podamos conocer o estimar del todo qué es la obra de arte, que haya desacuerdo entre aficionados, escritores, filósofos y críticos, no implica que no sea una cosa definida. De nuestro desconocimiento, no se sigue que algo no exista.

Además, por mucho que se quiera negarlo, hay un consenso más o menos estable sobre qué es la literatura. Ese consenso mínimo y necesario que –según Hugo y su probable inspirador, Ronald Dworkin– es requisito para conversar. Aun cuando las fronteras de lo que es y no es arte, de lo que es o no literatura –que a efectos de este artículo estoy usando de manera más o menos intercambiable–, se vengan borrando desde hace un siglo, siguen existiendo estándares que nos indican y nos sitúan frente a la obra literaria. La presencia de un texto y de un circuito intelectual-económico de distribución y comentario de ese texto son, por ejemplo, algunos de esos índices. Ignorarlos por completo resulta deshonesto cuando no un poco ridículo. Ni hervir un zapallo ni ducharse ni el chat de tinder son a primera vista literatura, aunque los relatos que se puedan formular a partir de estas cosas puedan llegar a serlo.

 

IV. Jordan Peterson contesta preguntas en un auditorio. La mayoría son respetuosas aunque se adivina, en las voces de los estudiantes jóvenes y articulados, el tono de la chicana. Peterson es displicente hasta que alguien lo interroga, de manera sintética y yendo al punto, por la condición religiosa de los relatos, por la metáfora literaria en cuanto vía de acceso a la realidad. Hay una demora. La respuesta, esta vez, es menos agresiva que de costumbre. En una pose relajada, con un brazo en el recodo del sillón, Peterson dice que lo religioso es la estructura gramatical del relato como género. Lo que hace a un relato un relato es –según Peterson– lo religioso entendido como sistema de valores. En cualquier caso, contar una historia es siempre registrar, como en un mapa, el trayecto desde un punto A hasta un punto B –así sea el de la primera palabra a la última. Y en ese trayecto hay una prédica, un sistema de valores o de creencias, que justifica la transformación, el devenir, de A en B. Esta prédica no es necesariamente argumental: la poesía, la narrativa, el arte, la religión constituyen una frontera porosa entre lo comprensible y lo incomprensible. Pero esa frontera, por momentos inasible, es lo que Peterson llama una estructura de valor: una forma de ser si se quiere, una forma de obrar y de defender éticamente ese obrar.

 

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Jordan Peterson es psicólogo clínico y profesor de psicología en la Universidad de Toronto. Peterson es famoso tanto por sus críticas a la izquierda radical como por la articulación activa de una ética realista en sus libros y plataformas digitales.

 

V. Como Hugo, Jordan Peterson –conocido por sus críticas feroces a los izquierdistas radicales, el feminismo y el posmodernismo en general– es también un visitante en la literatura. Extemporánea, disidente, un poco salida de su retórica realista, su lectura aparece fresca y atractiva, aunque él mismo reconozca, en ella, los ecos de Jung. Después de escucharlo en youtube, se me ocurre que escribir es imaginar una ética: ponerle imagen a un conjunto de valores personales, históricos, incluso familiares. La moral, que normalmente situamos en el discurso, en verdad y como dice Peterson, pertenece a las acciones. Pero la literatura, pienso, es un punto intermedio entre acción y discurso: es un discurso sobre acciones y, a la vez, una acción que habla. Esta cualidad afirmativa de lo literario, entendida como acto, es normalmente olvidada cuando, en la academia posmoderna y en las redes del correctismo político, lo literario se disgrega en una variable deconstructiva, un discurso lábil, una concepción de la literatura como permiso para destrozar cualquier cosa pero jamás como obligación de construir a partir de los escombros.

Estoy convencido de que la obra de arte comienza con un gesto positivo: la decisión o el impulso de escribir. Y que se completa con otro gesto igualmente positivo: la decisión o el impulso de leer. Entre esos dos puntos, hay un segmento, una trayectoria articulada en valores –puede que no del todo aprehensibles pero sí existentes. Los textos, como las personas, sus acciones y el mundo, son complejas. Pero ello no es lo mismo que decir que son iguales a un lavarropas, un barrilete, el bigote de Aníbal Fernández, el todo y la nada al mismo tiempo. Estamos en condiciones de decir que la literatura existe y que es. También estamos en condiciones de decir que la literatura, menos por lo que destruye que por lo que construye sobre lo destruido, tiene valor.

 

VI. Es tarde y escribo sobre dos extranjeros en lo literario. El uno, mi mentor en derecho, casi celebridad en redes sociales por sus posts contra el gobierno de Macri. El otro, un psicólogo canadiense que –con cosas mejores y peores– pone en jaque la hegemonía del correctismo y es fenómeno viral. Por fuera del circuito cerrado de la teoría literaria, cada uno formula su clave interpretativa. Seleme dice que la literatura tiene sentido o que hay discutir como si lo tuviera. Peterson, que el texto es una estructura de valor, una imagen compleja de lo que somos y hacemos. En los dos casos, para leer y escribir, para hablar del estatuto literario, es necesario pensar que la literatura es una práctica valiosa. Restituir ese valor, en una práctica que ahora descree de los valores, tal vez no sea posible. Intentarlo, a pesar de la dificultad, es el desafío intelectual contemporáneo.

5 comentarios

  1. Me cae bien Hugo. El otro, más o menos.
    No sé cuán libres somos para “decidir” una interpretación. Acaso lo seamos un poco más para estar atentos a aquellas que se interponen en la relación con la obra, y que con ello nos sea posible encontrar algún sentido que ella, la obra, haga resonar en nosotros, tal vez, con un matiz nuevo, ese que nos modifique, un cachito cuantimás.
    No será cualquier cosa, y no sé quién sabrá qué es el arte. Intuyo que, además de alguna convención con ciertas determinaciones socio históricas, se trata de una práctica que pone en acto la dimensión trágica de la existencia, entendiendo lo trágico como aquello que nos vincula a un destino con el que vivimos en tensión.
    Me gustó lo de la religión como gramática, aunque me permito, con vuestro permiso, desde ya, pensar lo religioso como aquello que re-liga ciertos elementos que pueden, eventualmente, constituir una gramática.
    Eso.
    Muy bueno al artículo, Juan.
    Felicitaciones.

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    1. Gracias Conrad. Pienso que la literatura es, a la vez, convención y sistema de sentido. Convención en la medida en que emerge de un área de disputa integrada por componentes individuales, grupales, históricos. Sistema en la medida en que, como decís vos, “pone en acto la dimensión trágica de la existencia” y, en ese acto, se vincula a la realidad por medio de valores narrados, actuados, que son a medias éticos y a medias metafísicos: en otras palabras, religiosos. Comparto que las convicciones que expresamos sobre literatura, como todos nuestros discursos y acciones, están parcialmente determinadas. Pero hay un margen, creo, un estrecho y no despreciable margen, para optar entre el discurso destructivo y el discurso constructivo, para situarse, modestamente, en una polémica y su historia. Nadie sabe qué es el arte y la disputa está abierta: esa disputa se puede encarar como una larga charla en el vacío o como una discusión seria sobre el sentido de nuestro mundo y de su representación. Mi artículo intenta defender la segunda alternativa.

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  2. Si no es concebible -porque no ha existido- una cultura sin arte, podemos aventurarnos a decir que el arte es un valor. Si, como dice Seleme, todo lo que se produce tiene algo de valor, entonces todo lo que se produce es arte. ¿Vale el silogismo?¿Estamos dispuestos a aceptar eso? Yo no, claro, y sin embargo no podría dar ninguna razón aceptable para incluir o excluir algo de la categoría “arte”. O sea que mi no aceptación es más que nada un prejuicio, vale decir es algo más emocional que intelectual. Tal vez lo que ocurre es que el diagnóstico de “obra de arte” sólo puede ser retrospectivo. Cuando se está en contacto con lo que salió del alma de un gran artista, el alma del receptor queda modificada. Por admiración, por identificación, por conmoción, por lo que sea, el que quedó expuesto a la radiación del talento ajeno ya no es el mismo. Cuando la experiencia se repite, la sumatoria decanta e imperceptiblemente crea una categoría dentro del alma receptora. Categoría inexplicable, y probablemente indefendible, pero a partir de la cual un contemplador (o lector, u oyente) “sabe” lo que es arte y lo que no lo es. El problema es cuando la categoría “arte” quiere establecerse casi simultáneamente con la creación. Tal vez el “valor artístico” de una creación sólo pueda establecerse con el tiempo, cuando se verifique que su radiación ha producido esa modificación interna en generaciones de “expuestos”. En fin, esto puede ser sólo la consecuencia de mi impotencia para decir que no sé explicar en qué consiste una categoría de suya existencia estoy convencido.
    Gracias Juan Agustín por exponernos a tu radiación!!

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