La ciencia no es estúpida, pero es estúpida la manera en la que muchos de nosotros la entendemos en el día a día. Un periodista lee, sin cuidado, el abstract de un paper científico. No presta atención a la metodología de estudio o al otro trabajo que se realiza en ese campo. No sabe nada sobre todo eso. No escucha cuando le advierten que puede encontrarse un paper aislado diciendo cualquier cosa que se quiera encontrar. Piensa sólo en lo que ese texto ínfimo dice que prueba y piensa en si es llamativo o no, si se conjuga con sus propias creencias. Si se cumple alguno de estos dos criterios, lejos de todo estándar racional o de toda buena fe, la información sale en algún medio, todavía más diluida.

Así, nos encontramos con que el martes el tomate da cáncer y el miércoles lo cura. Nos encontramos con que la ciencia descubrió el secreto de la felicidad y con que la felicidad es el viaje, la liviandad, la pareja abierta e incluso ser engañado. Nos enteramos de que las personas malas siempre la pasan mal y de toda otra serie de cosas convenientes para lo que queremos decir. Revistitas chic nos prometen que todas nuestras decisiones son siempre las adecuadas y no con argumentos; nuestras decisiones son adecuadas porque lo dice La Ciencia. Y la ciencia, además, se convierte en sensación viral y en cosa cool; se vuelve el sostén de nuestra visión ética del mundo, pero sin nunca poder aspirar a cambiarla. La posibilidad de recibir un dato que no nos gusta está anulada desde el minuto uno, por los algoritmos de nuestro feed de Facebook y nuestra pre selección de información.  Las recomendaciones automáticas nos alimentan información parecida a la que ya consumimos; vemos los argumentos de nuestros oponentes en su versión más débil, en la que nos gusta odiar, y bloques gigantescos de información que nos agrada, con la que estamos de acuerdo antes de empezar a leer.

Por momentos, creemos en la Ciencia como otros creían en el dogma cristiano. Sin justificación y porque lo dice alguien en posición de autoridad.

Es necesario confiar en el método científico e importante aceptar una base de datos compartidos como premisas de una discusión social racional. No hay otras alternativas, salvo la superstición o la magia. Pero acceder a esos datos es un proceso de formación, una vaga superación personal de la pereza, que implica pasar dos minutos viendo cuan serio es el estudio que sostiene que sólo personas inteligentes y súper geniales pasan ocho horas diarias mirando Netflix. O cuan en serio me puedo tomar una investigación cuasicientifica, popular hace poco, sobre que viajar es incomparablemente superior a tener hijos, realizada por Booking.com.

La información nos cae encima, sin detenerse. Hay demasiada. Hace poco, empezamos a culpar a los proveedores de esa información, a revistas y a redes sociales. Queremos que sólo nos den información verdadera. Pero, como nosotros, los proveedores tienen sus propios sesgos y problemas, sus propias preferencias políticas y formas de censurar. Darle poder a alguien para evitar que mala información llegue a uno, es una decisión riesgosa, aun asumiendo buenas intenciones y rara vez se puede definir qué quiere decir esto de buenas intenciones en un terreno cultural o político. Existen decenas de instituciones y medios específicos que pueden ayudarnos a discernir entre un descubrimiento real y una publicidad, pero se necesita dedicarles tiempo. Contra la mala información que produce internet, salvo que se quiera el desastre de la censura, las soluciones y la responsabilidad son personales.

Queda en uno hacer la búsqueda, diferenciar lo ridículo de lo probable.

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