La diputada, imagen de la honestidad institucional, fue descubierta hace poco llevándose 355.800 pesos por año, en concepto de pasajes no utilizados. El truco, que casi todos los otros congresistas ejecutan, es tan torpe que hasta a ella le cuesta justificarlo.

¿Para qué necesita uno esa cantidad de plata cuando no hace los viajes en avión? Según Carrió, para desplazamientos en auto y otros costos de viajes que la Cámara no cubre correctamente. Gastos de viajes equivalentes a tres años de salario mínimo, sumados a un sueldo mensual de más de 100.000 pesos.

Hasta a ella le da vergüenza y responde, un poco como siempre, descolocándose. Se enoja y dice que no hizo nada ilegal. Es cierto, pero la ley, cuando sos parte de los que la hacen, es firmar un papelito. Te reunís con tus amigos del congreso, se ponen de acuerdo y listo, ahora hay un documento que dice que más plata de las arcas públicas te corresponde, por ley. Y todos son amigos, desde Garré hasta Macri en sus épocas de diputado, cuando llega el momento de cobrar.

Los gritos y las profecías de los días siguientes parecen tratar de cubrir la vergüenza. Lilita, bronceada y sin aire, argumenta que no declara sus viajes porque la van a matar. Trata de hacer pasar toda esa plata recibida como parte de su obra de bien. Ella –nos dice– tiene que cobrar más, porque el costo personal de defender la democracia es muy alto. No es que la quiera por algo en particular, la necesita.

En una situación similar, después de haber sido descubierto, Fernando Iglesias renunció al canje de pasajes y lo celebró con un twitt: “Iglesias cumple”. Se había llevado ya unos 105.300 pesos, que tuvo que donar al Garrahan para quedar bien. Si uno encontrara a un empleado robándose elementos de oficina y lo intimara a parar, y el empleado tuviera el descaro de decir al día siguiente, lleno de orgullo, que hoy no sé robó nada, esperando una felicitación, la situación no sería menos ridícula. Nadie echa a un empleado por robarse lapiceras, pero nadie entendería, tampoco, que el que no roba lapiceras espere un aplauso.

Que el gasto de los pasajes, en el total del gasto público, sea como una moneda de un peso entre un millón de dólares, no hace que el tema pierda importancia. En medio de pedidos de austeridad y anuncios del desastre que había quedado en las cuentas públicas, el gesto ejemplificador tiene valor comunicacional. Los políticos mostrando que ellos mismos están dispuestos a dar el primer paso, por más pequeño que sea, generarían un cambio en el humor social. Habría receptividad ante los mensajes que se quieren trasmitir, no una desconfianza agresiva y justificada, ante una clase asilada de los problemas de los otros, que parece no perder nunca, ni siquiera cuando todos los otros pierden.

Uno piensa en esa foto famosa, con Carrió tirada abajo de un auto, piensa en otras en las que está abrazando a “Republiquita”, el bebé de plástico. Uno tiene ganas de golpearse la frente con la palma de la mano.

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